Del libro
Fabulario
La jaula liberada
-2005-
poemas-cuentillos
para adolescentillos
Fabulario es un libro de relatos que encajan perfectamente en la literatura para adolescentillos y jovensuelos, pero para ser leídos, además, por adultos.
Fabulario: la jaula liberada, escrita en versos y prosa narrativas, presenta las historias de animales, cuyos comportamientos y acciones conductuales son similares al género humano: en sus deseos, necesidades, aspiraciones, estilos de vida, en fin, en sus prácticas ideológicas. De modo que cualquier parecido con las actitudes de personajes importantes “es pura coincidencia”.
Y es que en Fabulario trascienden principalmente los siguientes narra-temas, que son valores sociales: la libertad, la libre expresión del pensamiento, el honor, el orgullo, la prudencia, la solidaridad, la maternidad, la fidelidad, el sacrificio, la persistencia, la coherencia, el esfuerzo, el antifatalismo, el amor, la cordura, el autorespeto......
Valores que los niños y adolescentillos y jovensuelos, entre los 11 y los 22 años, deben aprender como sinonimia de una conducta más sana, creativa, humana, inteligente. Estos valores, que son tradicionales en la humanidad, se enfrentan a los valores invertidos que hoy en día impera en nuestra sociedad: el facilismo, la falasia, el egoísmo, el irrespeto, la insolidaridad, la inamistad, la incomprensión, la incomunicación irracional, el belicismo, el tráfico ilegal, el consumo dañino, el racismo, entre otros no menos indecorosos........
Cada narra-tema está expresado a través de un fauno real (animal) conocido, que es una extrapolación de lo que sucede en el mundo, nuestro mundo “feliz e indocumentado”.
F. S. -Fedor-.
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La jaula liberada
la que a los Animales encantara
y con la que el Ogro los engañara
La jaula encantada
le decían con asombros,
pero sobre sus escombros
se veían caras apenadas.
Criaturas terrestres,
de los confines de la tierra,
se sentían presas;
un Ogro de la sierra,
con su ira y su peste,
las encerró, con su fuete,
como gélida compresa.
Los animales lloraban,
a chorro lloriqueaban;
estaban tristes, compungidos;
lágrimas de enojos resbalaban
por sus mejillas doradas;
llantos de simples quejidos
se oían en la ensenada.
Los embargaba honda pena,
y si a veces reían
era porque sentían
que un día llegaría
quienes los salvarían,
rompiendo sus cadenas,
y así todos saldrían,
a decir verdad,
con cánticos y flores,
sonrisas y verbenas,
pronunciando a gritos:
¡Viva la libertad!
La jaula encantada,
algunos le decían,
pero en su interior
apresados vivían
cientos de animales,
y ninguno reía;
penaban en su dolor,
proclamando a raudales:
“No queremos nada,
ni cosa encantada,
si han de tenernos prisioneros;
queremos, y es lo primero,
una jaula liberada.”
Cuenta la leyenda que un muchacho de 13 años, flaco y de espaldas anchas, de pecho elevado y plano como una meseta, largo como una mata de cocos, de esas que hay en el patio de casi todas las casas del campo y de algunas de las ciudades de Dominicana, iba por un camino que se perdía en la distancia, bifurcado por una hilera de matas de mangos y que por un lado se iba hacia la montaña y por el otro hacia el recodo de un río caudaloso. Al llegar a esta división del camino eligió el que conducía hacia la montaña, internándose en la profundidad del bosque. Iba muy distraído y ajeno al clima, caluroso a veces, y templado otra, de la región caribeña, y ajeno o sordo, también, a los sonidos pequeños o insignificantes que surgían del marañón y de las entrañas montaraces.
De pronto escuchó, entre los ruidos de los matorrales y el soplo del viento, que los traía, unos sonidos que venían del otro lado del horizonte, cerca de la ensenada, donde, solo, vivía y dominaba un pequeño gigante, un hombrezón, gruñón, ermitaño, no porque fuera un hombre solitario, sino por su condición de ignorante y montañés, incivilizado, que se mofaba de ser un hombre alto, tan alto como una mata de roble, y a la vez fuerte y barrigón, pues era un glotón.
Los gemidos, que eran sonidos sibilantes de criaturas presas, pedían a gritos:
--Auxilio, sáquennos de aquí--,
así gritaba el lorito, que lo hacía en nombre de toditos.
--Libertad para los animales--,
manifestaban el gallo, la gallina y el caballo, encaramados en una barra que atravesaba por dentro la jaula encantada.
--Socorro, que alguien nos ayude--,
lloriqueaba el gato, maullando más que una vaca cuando tiene hambre.
Se trataba de cientos de animaluchos que Troglodi, el Ogro malón y grandulón, había encerrado en la jaula encantada, que de encantada no tenía nada, a no ser las tantas criaturas prisioneras, que en su conjunto se veían como una montaña de multicolores figuras y llenas de matorrales diversos por todo el cuerpo; pues así se veían los animales amontonados dentro de la jaula.
El ogro opresor, con su magia nigromante, lograba encantar a los animaluchos con imágenes celestes envueltas en humo y colores arcoirisados para que se entretuvieran dentro de la jaula, esperando turno para el horno del ogro engañador, quien los utilizaba como sus alimentos diarios.
El muchacho, llamado Omar, que como dijimos era delgado pero fortachón, de unos 13 años, cara campestre y manos callosas de trabajar la tierra, poco a poco se fue acercando, más movido por la curiosidad que por un sentido de investigación policíaca. Cuando se encontró a pocos pasos de la jaula, los animalillos lo vieron y comenzaron a saltar de emoción. Por fin su reclamo, que lo hacían todos los días, a todas horas, lo habían escuchado. Le pedían que por favor los liberara del Ogro espantoso, que no tardaría en llegar.
Y mientras el gato maullaba:
--Miau, miau, mírame que estoy hecho un desastre, miau, sácame, miau, de aquí--,
y el perro ladraba:
--Jau, jau, esta jaula es mala, ábrela ya, jau--,
y el burro rebuznaba:
--Juaqui, juaqui, juaqui, “qué dolor, qué dolor, qué pena”--,
y un ave piaba:
--Pío, pío, pío, pior favor, sácanos, pío, de aquí.--
Esto era lo que decían en su jerga animal, con sonidos a veces ininteligibles, que los liberaran, ¡irredentos estaban! y manutidos querían ser, que aprovechara que el Ogro indigno no estaba por ese lugar, que los soltara antes de que llegara, porque de seguro vendría pronto con más animalejos para encerrarlos juntos a ellos en la jaula y comérselos fritos, poco a poco.
El muchacho, en principio sintió vacilación, pues podría ser, pensaba, que los animales estuvieran ahí, dentro de la jaula, porque los entró algún campesino granjero, no por un ogro malón, como ellos decían. Pero después, los reclamos de los animalejos, con argumentos sólidos, lograron convencerlo. Comprendiendo la situación, Omar, “Sin ton ni son”, tomó una decisión: “Haz bien y no mire a quién”, se dijo y con un dejo de alegría en su rostro, pero no alejado del temor, y con un miedo espantoso, indescriptible a la vez, procedió a abrir la puerta de la jaula, y “en lo que canta el gallo tres veces”, que fue el primero en gritar y también en salir, todos los animales apresados por las garras del Ogro malandrín, fueron saliendo uno a uno, de dos en dos, de tres en tres, según cupieran por el ancho de la puerta; lógicamente rápidos, veloces, apresurados, internándose de nuevo en los matorrales que rodeaban la ensenada.
--Rápido, rápido, salgamos de aquí, que “camarón que se duerme se lo lleva la corriente”, y por ahí puede venir ese Ogro gordinflón que no tardará en llegar--,
decía un periquito, periqueando a no más poder, y alarmando con su vocerío a todos los miembros de la fauna, apresados
--Apúrate jicotea, y “saca la cabeza pa´ que vea”, no vayas a tropezarte. No puedes negar que eres más lenta que una tortuga--,
le decía con apuros el cocodrilo a una tortuga marina gigante, lerda, pesada, que casi no cabía y se había trabado en el vano de la puerta.
--Tienes razón, Cocoteco--,
que así se llamaba el animalejo de boca ancha,
--más lenta que yo, ninguna; uh, qué dije......--,
respondía la tortuga sin saber qué respuesta había dado.
--“A ver, a ver, a mover la colita”. Vamos, vamos, mueve la colita esa...--,
le reprochaba el perro al gato que a su vez azuzaba a la gallina y ésta a un ratón, en tanto éste arreaba a un león para que se diera prisa, y el león le mordía lentamente el rabo a la jirafa para que doblara el cuello y se doblegara ante el libre albedrío de los gritos libertarios y pudieran salir; y así, sucesivamente todos se apiñaban contra la salida, en su afán inaudito de alcanzar la libertad.
En el preciso instante en que estaba saliendo el último, y que no fue el primero en haber sido apresada, que era una higuana montaraz, que se había enredado con su cola de serrucho ancho entre los barrotes de la puerta, ya abierta, en ese preciso instante, repito, se escuchó un sonido estrepitoso, como relámpago que choca contra la montaña; un sonido como un rugido de león enfurecido, pero más fuerte y agresivo, diez veces más fuerte, fuerte como un huracán azotando una isla a 220 kilómetros por hora, y con vientos combinados de Nordeste a Oeste; era el Ogro inmisericorde que llegaba, con su voz estridente, con el tridente de Neptuno en una mano y el garrote troglodita en la otra, dispuesto a lo que sea, con tal de conservar sus presas. Era tan alto que se veía por encima de los árboles, y la expresión de su rostro, al ver al jovencito liberando a sus presas, era tan inexpresiva, como los personajes de la famosa película “Los hermanos cara dura”, que parecía que le habían dado un golpe bajo, bajo el vientre, o en la cabezota.
El Ogro vividor, enfurecido, lleno de iras, aún la “cara como un block”, avanzó rápidamente, tan pronto vio el espectáculo que se presentaba antes sus ojos indescriptibles, que no querían creer lo que estaban viendo, no podían aceptar que se escapaban sus pobres animalillos, y en su avance iba tumbando árboles, aplastando matorrales, destruyendo rosas, desbaratando todo a cada paso, tratando de por lo menos agarrar al insolente muchacho que estaba liberando a sus animalejos, agarrados con mucho sacrificio y sudor a través de trampas y correrías forzosas, detrás de los mismos. El muchacho, a quien “la cosa se le puso color de hormiga”, asustado, pero astuto a la vez, tan pronto el último animal salió de la jaula, y al sentir que los pies del Ogro barrigón se posaban a su alrededor, en vez de avanzar en dirección hacia los animales fugitivos, retrocedió, y se dijo “huyamos hacia la derecha”, avanzó, pasó, corriendo, raudo y veloz, por debajo de las piernas del esperpento gigante, y por el medio del tridente que él tenía en la grandota mano, y cuyas puyas o puntas de lanzas estaban clavadas en la tierra. Avanzó por el mismo lugar, por donde había venido el Ogro grandulón, de modo que éste le cayese atrás a él y no a los animaluchos, y así éstos se fueran tan lejos como pudieran.
Como el Ogro opresor, lerdo y pesado, tardó mucho tiempo en girar, o sea en dar la vuelta para perseguir a Omar, éste avanzó mucho y se perdió entre las marañas del bosque, cerca del marañón, alrededor de los árboles que aún quedaban con raíz en tierra, esto es, parados. Sintió un dejo de tristeza, pensando que le había quitado los alimentos al Ogro culebrón, pero era neceario la libertad de aquellos pobrecillos animalillos, que también tienen derecho a la vida. “A lo hecho pecho”, pensó, y continuó su camino.
Los animales, por su lado, avazaron hacia la jungla más lejana, respirando un aire de libertad, que hasta ahora siguen disfrutando. Viven “felices y contentos”, aunque con el síndrome del rugido, pues cada vez que escuchan un sonido estruendoso, como Zeus en el antiguo Olimpo, y aún sea un rayo en tiempo de lluvia o un avión o un helicóptero que surcan las nubes pasajeras, espesas y grises, se asustan pensando que se trata, por un momento, del Ogro sátrapa. “La libertad es hermosa”, piensan, “y hay que preservarla a todo costo”, aún sea huyendo, escondiéndose en los matorrales, o uniendo fuerzas para combatir cualquier signo de oprobio. Aunque algunos animales son “más chivo que un chivo”, y siempre están alerta, como el loro, que es muy ágil y difícil de agarrar, por su velocidad, todos deben ser precavidos ante cualquier mente aviesa que trate de conculcar todo tipo de libertad; y pensar que si se unifican, a la larga podrían vencer..
--Denme la libertad”--,
decía el ruiseñor,
--y seré feliz en mis vuelos, que siempre estarán surcando los aires libres del cielo.--
De su parte, Omar, el muchacho libertador, que “no creía en cuento”, le gustaba escribir. Cuando llegó a su casa, decidió hacer historietas o “cuentos de camino”, sobre animales, tanto caseros o demésticos, como silvestres, y lean ustedes qué fue lo que escribió de cada uno de ellos, o de una parte de ellos, pues eran demasiado y ni siquiera se acordaba mucho, por lo rápido del momento, de cuántos eran, y cuáles eran; pero escribió en versos y en prosa, y por si alguien se equivoca, decidió comenzar así......
“Erase una vez......”
Erase una vez.............Cuentos………………....Federico Sánchez
-14-
Palmelina
la Cigua palmera
que vuela y vuela por donde quiera
Una vez, de una jaulilla,
liberé a una avecilla,
que era de libre volar,
y piaba al planear,
rozando cauta el suelo,
como planificando su vuelo.
Era primor su cantar,
y un verso sencillo
el sonido de su rolar.
Era una cigua palmera,
que al llegar la primavera,
le gustaba arbolear.
Y volando en la ribera
atravesaba la tierra
más allá del palmal.
Siendo de pecho pequeño
miraba con empeño
a sus pichones pedigüeños,
que piaban en el nidal.
Sus alas tenían lunares
y en el pico un ramaje
para pasar el pantanal.
Quería tanto a sus pichones,
que de rama en rama lucía
un aire de alegría,
y como volar en el aire sabía,
con destreza y galantía,
enseñaba a volar a sus crías.
A pesar de su alegre trinar,
temía que algo les pasara,
y antes de que el día llegara,
los llevaba a sus rincones,
aunque se convirtieran
en asiduos dormilones.
Y un día de Avemaría,
la cigua Palmelina tenía
que buscar los alimentos
que sus criaturas exigían.
Esperando el momento,
surcó el espacio despacio,
planeando el horizonte,
pues a vuelo de pájaro salía,
como ave migratoria,
cual nave exploratoria;
pero entonces no sabía
que desde el fondo de la noria,
un fiero ratón subía,
raudo, veloz, como el sinsonte,
hacia la rama del nido,
al ver que la madre,
diligente, se había ido.
Subía silencioso el ratón,
muy lleno de emoción,
en busca de quién sabe,
si de frutas o de aves,
quizás para comérselas,
como se come la fresa,
con pan o con cerezas.
Aunque el nido estaba alto,
se decía en contra alto:
“No hay nada que no se alcance
con un poco de esfuerzo,
sólo hay que buscar el refuerzo
que estimule el apetito.”
El roedor subió con calma
diciéndose a cada ratito:
“Altas son las palmas
y los puercos comen de ellas”,
y con estas avecillas,
con sus muslos y sus alillas,
me hago una paella.
En tanto, la pobre e ignorante avecilla-madre buscaba de comer para sus aún débiles e inocentes pichoncitos. Se alejó tanto de su nido que no se daba cuenta de la distancia recorrida. Ni siquiera el cantillo de sus criaturas podía escuchar. Era que no encontraba los alimentos aducuados para sus avecillas.
Mientras Palmelina, la ave madre, estaba en sus empeños, afanosa y urgente, de conseguir alimentos, por debajo de los matorrales, los que sobresalían y llegaban a gran altura hasta el nido que estaba en la palmera, que dicho sea de paso no era muy alta, ni una palma cualquiera, se fue acercando el feroz ratón, tan glotón como el que más come en toda la ensenada, o sea, el elefante. Imagínense un ratón que come como un elefante, y como si eso fuera poco, hanbriento, de dos días sin comer. Qué no le haría a esas pobres avecillas.
“Dicho y hecho”, y como a “lo hecho pecho”, el ratón subió el árbol más rápido que una liebre. Y en lo que vuela un ave, y canta un pájaro, tan pronto el ratón retozón se enteró que las avecillas estaban solas, indefensas, poco a poco se fue acercando. En la medida que avanzaba iba entonando una canción de batalla, y sacando las garras ratoninas, con las que apretaba y se adhería a la palmera, y se “le hacía agua la boca” o el hocico, y los dientes iba afilando, chocando la dentadura de arriba con la de abajo, dientes filosos de su boca hocicuda. O sea iba hociando como el más chivo de los chivos, el padrote Jaimito, un chivote que come más hojaldas y más yerba que todos los chivos juntos.
Entonces, cuando el ratón ya estaba a un paso, que no como “ave de paso”, sino para un buen rato, los pichones, que sintieron su presencia, se pusieron en alertas y ahí mismo comenzaron con su chillido gritón, un alarido que llegaba al cielo; saltaban de susto y trataban de volar inútilmente. Cada vez que el ratón quería apresar a un pichón, éste saltaba, porque todavía no sabía volar, y después del salto, cuando bajaba, el ratón abría las diminutas fauces de su hocicote para tragárselo; “era como pedir pajaritos volando”, pero el pichoncito, de “pecho amarillo”, antes de caer en la aguerrida dentadura del ratón, tomaba otro impulso de sobrevivencia, asustado por supuesto, y temblando de temor; “sacaba fuerza de flaqueza” y desplegaba sus débiles alas estrechas, a palmas batientes, y al menos se sostenía en el aire, suspendido como pluma, por escasos segundos, y a un centímetro de los afilados dientes ratoninos; o sea, que “su vida pendía de un hilo”. Volvía y cogía impulso para elevarse a ritmo tembloroso. Se defendía “como gato boca arriba”.
Y mientras el ratón jugaba “al gavilán casto, con sus siete uñas de gato y si no le traían carne de ave, decía, te mato”, y entre salto y salto, algarabía y bullicio de las temblorosas avecillas, cientos de aves que estaban en los contornos, cerca del lugar, al uníseno, comenzaron a trinar. Cada especie o familia de los plumíferos lanzaba un grito de estupor y espanto. Como aves solidarias, “todos para uno y uno para todos”, ayudaron a expandir el mensaje de auxilio para que llegara a los “oídos sordos” de la ave madre, y fue así que como un silbido prolongado, in extenso, un canto silvestre armonioso, lleno de alaridos y graznidos, comenzó la sinfonía musical (o avecial), pues “había que correr la voz”: el barrancolí pitó, el pajarito ayayai gritó, pues aterrizó antes de tiempo; el águila cibaeña graznó, emitiendo un sin números de íes ininteligibles; una lechuza chichó, a tal punto que rompió una hoja de un libro que tenía en las manos (o las alas); el loro habló, el gallo cacareó, el pato se zambulló y del agua salieron burbujas mensajeras que surcaron los aires con su sonido armonioso y monótono como el cua, cua, cua; luego el halcón oteó desde lo alto y silbó; el colibrí revoloteó sus alas emitiendo un rugido de guitarra; el pavo ronroneó como si fuera gato en vez de pavonear; la perdiz se perdió en medio de un charco de confusiones y fue tan grande su lamento que en lontananzas se oyó; la paloma mensajera se encargó de llevar el río de dolor y alarma hasta la cotorra, que a su vez se lo encargó al canario, el canario a la cigüeña, la cigüeña, en paños menores, se lo dio el cernícalo, y éste al chorlito, que con su cabecita loca no sabía qué hacer y atinó a entregárselo al pájaro bobo, que de bobo no tiene nada porque se montó sobre un flamenco y llegaron hasta el ruiseñor que a su vez se lo dio al faisán, el faisán al gorrión, el gorrión al gavilán, el gavilán a la garza, la garza a la golodrina, que quizo “hacer verano” volando sola; ésta a la guinea, y al llegar a un lago hablaron con el martín pescador para que llevara el mensaje al otro lado del agua, montado sobre el pez espada, que es el más rápido, porque va nadando rompiendo, dividiendo el agua, como quien dice: “abran paso que aquí viene el león”; y el martín pescador se lo entregó al pájaro carpintero que estaba haciendo una hoyo en un árbol de caobo (cosa rara ésta) para vivir toda una vida de troglodita, o sea, metido en una cueva. En el mensaje dirigido a la ave madre, que aún no escuchaba los lamentos asustadizos de sus criaturas, también participó el jilguero, que sobre una mata de higüero hacía un nido, y en seguida salió volando hasta llegar hasta el zolzal, que estaba copulando tranquilamente con su zolzala y en ese momento estaban sobrevolando el aire, como si estuvieran en el cielo o sobre nubes de algodón (¡ah, lo que hace el amor!), y continuaron con su misión; y así sucesivamene participaron cientos de aves en la transmisión del mensaje, pues era “un asunto de contar y nunca acabar”. Otras aves fantásticas, que se integraron al coro al final de la jornada, también ayudaron, como fueron: el ave fénix, el avestruz, el ave del paraíso, el ave tonta, el ave de paso, el ave cedario, el ave ces, y el ave maría purísima, que sin pecados concebidos acudió en ayuda procedente de allende los cielos más cercanos. Este inmenso sonido de aves en estampida, despavoridas, o en defensa propia, se fue concatenando de rama en rama, de monte en monte, de río en río, de montaña en montaña, pues al parecer se había ido lejos, hasta que finalmente llegó a los oídos de Palmelina, la plumífera madre ausente, y como “más vale tarde que nunca”, al entender el mensaje de que sus críos y no menos carpetosos pichones estaban en peligro de perecer a mano de un no menos peligroso ratoncillo, de inmediato emprendió alto vuelo de regreso, “rauda y veloz”, en busca de sus avecillas, que por ignorantes y sencillas no se sabían defender de tan fiero malandrín, como lo es ese feúcho ratoncín. La ave-madre voló y voló. Voló “como una desaforada”. “Voló por los aires” como un avión. Cuando se acercó al nidal, que ve al ratón cabezón, tratando de comerse sus hijitos, avanzó más feroz y muchos más rápido que Micky Mouse, el Súper Ratón, y en un uan-tu-tri, llegó a la palmera. Con tanta fuerza llegó, que como una flecha lanzada por Robin Hood, “el ladrón de los bosques”, clavó su pico dorado en el lomo del ratón, que lanzó un alarido de estupor y sorpresa, a un tiempo, que ya “no quisiera yo estar en su pellejo”. En ese momento, de tensión y altura, el ratón, lleno de dolor, sólo atinó a pensar: “paticas pa´ que te tengo”, y salió huyendo, diciendo:
--“Para que digan aquí murió, que digan aquí corrió” un inocente y pobre ratón, que sobrevivió a una catástrofe de tifón.--
Y pensando en su salvación, se dijo asimismo, un poco filosofando:
--Luego regreso, cuando existan las condiciones coyunturales apropiadas, y me aprovecho, como buen oportunista que soy, de esas criaturitas volanderas de pobre existencia.--
Asimisno, la madre-ave, iba proliferando cuantas palabras impublicables e inimaginables podía en contra de tan desdichado ratón, y al mismo tiempo, otras aves salieron en defensa de las chicuelas avecillas, para clavarles sus picos filosos al roedor cobarde, y hasta lo picaron los pichoncitos, que sin querer y del mismo susto aprendieron a volar y se llenaron de valor y coraje al ver a su madre defendiéndolas.
Y “en lo que el hacha va y viene”, en tanto “canta un gallo”, el avecilla que estuvo a punto de caer en las garras maliciosas del ratón, y que apenas podía saltar, salió volando para clavarle su pico al ratonzuelo cabezón.
Y así, perdiendo el susto, todas aprendieron a defenderse y a volar, al mismo tiempo. Después que el ratón escapó, al “meterse en camisa de once varas”, los pichonzuelos siguieron volando, sintiendo el placer del golpe suave, sumiso, imperceptible del aire tibio, dorado por el sol caribeño, cuya resolana acariciaba sus blandos plumajes, dorándolos de luz. Todas planearon juntas, remontando los aires del bosque y deteniéndose de palmera en palmera para contemplar el panorana de la floresta, a la luz de la brillantez del sol. En tanto, Palmelina, contenta, vigilante, atisba sus criaturas con placer de madre, gozosa, altiva, feliz.
“Y colorín colorao este cuento se acabao...”
Erase una vez…….....Cuentos…………....Federico Sánchez
-15-
Saltán
la Liebre del valle
que salta como un ave
“Dentro de la selva, el bosque va cerrando caminos.
Los árboles caen como moscas en la telaraña
de la naturaleza infranqueable. Y a cada paso,
las liebres ágiles de eco, saltan, corren, vuelan....”
Miguel Angel Asturias,
“Ahora que me acuerdo”,
de “Leyendas de Guatemala.”
“Donde menos se piensa
salta la liebre”,
dice un astuto refrán,
y aunque nadie la sienta,
salta de caimán a caimán,
en la madera del orfebre
y en “la madera de San Juan;”
y salta y agarra su presa,
que aunque no se la merezca,
tiene derecho a comer,
aún sea feo su proceder.
Como el “Corre Camino”,
el coyote de la tevé,
igual de lindo se ve,
en las yerbas y en los pinos.
Es muy agradable escuchar
sus crujidos intermitentes,
cuando le sobresalen los dientes
de su hocico de escarbar.
Salta la soga como lagarto
y el mástil, que es un espanto,
y para que lo quieran tanto,
y no se asome el llanto,
sino sonrisas y aplausos,
y como si no tuviera quebranto,
no escatima esfuerzos
en subirse a los cerezos,
como si fuera un santo,
y saltar como ave volando
o ir por las ramas saltando
con cabriolas y encantos.
Le gustaba tanto
subirse a los matorrales;
creyendo que tenía plumaje,
o era un ser sacrosanto,
brincando a otro ramaje,
causando risas o llanto,
y sus admiradores ya lo veían
como al Manco del Lepanto,
cuando al suelo caía.
Diestro y audaz,
seguía con sus maromas,
en el prado y en la loma,
hasta que un día,
la liebre, en un falso salto,
sufrió estrepitosa caída.
Saltó “mondo y lirondo”
y cayó al suelo redondo,
que lo llevó a la cama
con su venda y su piyama.
Al ser inmenso su quebranto,
alguien le dijo sin bondad,
que se habían caído sus altares,
que sus cabriolas y marabares
ya no le servían tanto,
que se llenara de humildad,
que no fuera tan presumida,
y se quedara muy tranquila.
Pero, a pesar de su quebranto y de que la liebrecilla, alegre y saltarina, no entusiasmara el ambiente, con sus cabriolas y con sus saltos, ya de rama en rama, ya de charco en charco, decenas de sus admiradores siempre la visitaban, oraban para que la liebre, que Saltán se llamaba, pronto se sanara.
Un conejillo primo, juguetón y no menos bonachón, que siempre a su lado estaba, muy cordialmente le dijo un día:
--Primo Saltán, allá fuera te necesitamos, queremos que vuelva a encantarnos con tus saltos y tus bromas; ya no hay quién alegre a los curíos que toda las tardes te esperan para imitarte y aplaudirte; ni a las ciguas palmeras, que se ríen de tu saltivolar; ni a las picaronas lagartijas, que al no poder saltar entre árbol y árbol ven en ti a su “Tarzán en la selva”, andando de liana en liana y gritando, vociferando su triunfo, envuelto en un minitaparabo. Todo es tristeza y monotonía.--
--Lo siento mucho, primo Pringalín--,
contestaba Saltán,
--pero tengo tres costillas quebradas y mi rabo parece un nabo sobre un zaguán retorcido, como un catre viejo inservible; tengo un pie roto y si camino cojeo y si cojeo me caigo y si me caigo me atraganto; mi espalda está, como la situación económica, “dura de atar”; y el pescuezo lo tengo retorcido, el hocico roto, un ojo bizco, una mejilla pelada y una oreja encendida del guayón que recibí al aterrizar en el suelo; pero te prometo que tan pronto me sane, iré a alegrarte el ambiente; mientras tanto, aunque yo no esté presente, jueguen en mi nombre y así podrán cantar, felices y sonrientes.--
Varios meses pasó Saltán en cama; y poco a poco se fue recuperando de su estrepitosa caída, más que aparatosa, que al agarrarse de una rama, pensando que era fuerte y sana, como el guayabo, más no como el algarrobo, que así parecía el árbol, se fue al suelo más rápido de lo que canta una rana, cayendo en una roca que parecía que no tenía fin, de tan grande que era, rodando por el suelo, luego, como una pelota bateada por un novato de pelotero.
Cuando estuvo del todo bien, y que su convalescencia progresaba, y viendo su primo Pringalín, que ya Saltán andaba, lo convidó a posarse en una rama y lanzarse como Tarzán sobre su liana; pero el conejillo ya no era el mismo; además de tener descompuesto el cuerpo, con tres costillas soldadas, su vista fuera de foco, y un hocico torcido, su mente, su valor y su osadía habían sufrido una pasantía; o sea, se sentía “de capa caída”, como la caída que había sufrido. Todo era distinto. Temía hacer el ridículo de nuevo. “Más vale caer en gracia que ser gracioso”, pensaba, pues no asimilaba la idea de que se rieran de él. Su temor de otra vergonzante caída se incrementaba y lo llenaba de terror, con más pavor que un ratón despavorido, huyendo delante de un gato, que hambriendo y no juguetón lo persigue como a un ladrón.
Empero, todos sus admiradores, mirándola desde abajo, la animan para que saltara e hiciera, como antes, una cabriola hermosa o un salto dicidido que llegara al otro extremo; imitando a su súper personaje favorito, a Tarzán de la selva. Pero Saltán seguía inactivo, preso de un hondo espanto, a parte de su hondo quebranto, como si tuviera miedo, quizás, o sin quizás, producto de su largo cansancio postrado en la cama, y que no quería repetir.
De pronto, se fue el miedo de su mente, y sin para mientes, cogió impulso, tomó ánimo, como quería la gente. Enarboló las dos paticas delanteras, irguió el pecho, como Superman en alto vuelo, y seguido levantó el cuasi-rabo, cuasi encendido por los rayos del sol que desde su espalda le daban, quemándolo, abrasándolo, y la pelambre de su cuero abdominal, se le levató, el cuero se alizó, sus ojos brillaron, como un arcos iris a la seis crepuscular, su boca retorcida se enderezó y se desdibujó una mueca hocical, y tomando un impulso hacia adelante y “dos hacia atrás”, quizo avalanzarse hacia el vacío. Volvió a tener miedo, indescriptible, inusual. El pavor acudió a su pecho. El temblor a sus pies. Entonces, en un instante, pensó:
--Bueno, “o to´ toro o to´ vaca”, porque “si me tiro me apeo y si me jondeo también”, qué caray.....--,
y rumbo al suelo se tiró. En el trayecto cerró los ojos, las largas orejas, parecidas a su familiar más cercano, el Conejo, se levantaron y se abrieron como si fueran dos paracaídas en caída libre, estrepitosa hacia tierra, y asimismo abrió los brazos, y al caer en la “yerba buena”, rociada de un rocío tardío del atardecer, ya los había abiertos, había caído “en cuatro patas” como el gato, pero no un gato cualquiera, sino igual que el gatúbelo montés. La liebre cayó, leve, ligera, levantisca, como antaño lo hacía cuando aún era sana e indocumentada, o sea joven, recibiendo una jornada de aplausos de todo el que la veía.
--!Bravo, bravo!--,
gritó celosamente el lagarto Camacho, sobre un peñón al borde de un matorral.
--!felicidades, Saltán, felicidades!--,
pió el pollito Pito, con mucha aprehensión, convencido de la sanidad de su héroe.
--Eres mi héroe favorito--,
dijo el primo Pringalín, mal visto por el pollito que también eso pensaba.
--!Aleluya, aleluya! ¡Gloria a Dios!--,
espetó el Búho Bohemio, con una Biblia en la mano, elevándola hacia los cielos.
--!Qué bien, qué bien, como un ave volando ya sale caminando!--,
expresó sin inmutarse mucho, el caimán Cartel, medio dormido, medio despierto.
Saltán, la frente en alto, la altivez reflejada en el pecho huesudo, con los “zumos en la cabeza” por los aplausos, y los pies casi en el aire (no tanto por su delicadeza y su altanería, sino por el susto que aún tenía, y que no se podía sostener, pensando que aún permanecía flotando), caminó lentamente, con pasos entrecortados, pero elegantes, la bocaza abierta llena de risa y un dejo de satisfacción entre los dientes. Luego pensó:
--No sé si estoy igual como antes, o es cosa del pasado, pero eso de perder el miedo, lo he logrado, aunque me ha costado mucho trabajo.-
Lentamente subió al guayabo de nuevo y se lanzó al vacío. Una y otras vez. A veces del guayabo saltaba al caobo, del caobo al algarrobo, de éste al roble y del roble al laurel. Así pasó la tarde entera cabriolando, saltando de rama en rama, simiesco, convertido en la diversión de toda la ensenada.
Y como dice el refrán: “Donde quiera salta una liebre”, aquí salta este cuentillo para otro más sencillo que le quiero contar.
“Y colorín colorao este cuento ha finiquitao...”
Erase una vez............Cuentos…………........Federico Sánchez
-16-
Cantarín
el canario enamorado,
que loco de amor, aprisionado,
revivió, al ver a su canarita, encantado.
“Era el Canario un primor,
era su dueño un pequeño
que velaba con empeño
los cuidados del cantor.”
Leo Fabio
El canario (canción)
Quedó el canarito encantado,
mientras la canarita volaba
cerca de su habitación,
y sin ocultar su emoción,
sumergido en su embeleso,
poco a poco quedó preso,
como predicador al altar,
de su torbellino plumaje,
que era primor y no ultraje,
por su encendido amarillo,
que de lejo parecía brillo
y de cerca un bello rosal.
El canarito cantor,
que cantaba dormido,
para complacer a su dueño,
al ver a la canarita volando
buscó el mejor motivo,
para seguir cantando,
y entre dolor y alivio,
intentó con empeño,
de la jaula salir volando,
tratando de engalanar
con sus ojos y su silbar,
a la improvisada visita,
pidiéndole su primera cita.
Su canarita revoloteaba
más enloquecida que un pato,
y él, triste, sólo pensaba
“ella es ´la horma de mi zapato´,
si me quedo más aquí
¡ay! qué será de mí.”
Al querer de la jaula salir,
chocó con los barrotes,
donde se enredó el cocote,
sus paticas, sus alas y su vivir;
y así, un poco subsumido,
fue perdiendo su primor,
con lágrimas en los ojos
de tan intenso dolor.
El golpe en los barrotes,
que en la jaula lo apresaba,
fue tan grande, ¡tremendo azote!,
que perdió el sentido;
cayó en el piso herido,
y su pequeño dueño,
que era un inteligente niño,
rogó y rogó sin desdeño
para que se levantara.
Desanimado, triste, apenado,
el niño lloró su cría,
le rezó un Ave María,
lo envolvió, muy discreto,
en un lienzo estrecho, ajado,
y lo llevó a su nuevo lecho,
un triste, apagado cementerio,
que al tener tanto que caminar
lanzó sandeces, improperios,
ya solo, ya triste, ya cansado.
Cuando a enterrarlo se disponía,
creyendo que estaba muerto,
el canarito levantó el pecho,
un susurro suspiraba,
“No me entierres todavía”,
le decía al niño desde su huerto,
“quiero ver desde este helecho
a la canarita que me inspirara,
y por quien me malograra
al tratar de besuquiarla.
Sus ojos brillosos quiero ver,
antes de que apague los míos,
y aunque estoy en desvaríos,
ganas me quedan
aún de ella tener
su tierna y dulce mirada,
en mi triste hastío.”
Entonces el niño, sorprendido, y sin entender nada, trató de sacarle las palabras de su pico cantor, pues a su parecer no sabía lo que su pobre canarito le decía.
Volvió de nuevo y sopló a la criatura alada, dándole un aliento de vida, que “nunca es tarde si la dicha es buena”, y así lo besó, lo mimó y su plumaje amarillo, a veces naranja, a veces armiño, lo secó con su alma; tratando de infudirle un ápice de sobrevivencia, porque a pesar de que el niño entendía que su canarillo estaba en prisión, como es esa jaula estrecha, lo quería mucho, le gustaba la forma sonora, sibilante de su cantar, que parecía un canto de sirena escapado de pleamar; por eso le había puesto Cantarín aflautado, como nombre de pila.
Poco a poco el canarito encantado fue recobrando el sentido y, absorto, para un lado y para otro miraba y no comprendía por qué su canarita no veía. Y aquí no se le puede aplicar, a la actitud del canarito, aquéllo que dice y reza que “no hay más ciego que el que no quiere ver”, y aunque “el amor es ciego”, en realidad sí quería ver, porque fue un “amor a primera vista”, y necesitaba ver a su canarita bella, la del pico dorado y en el pecho una estrella, la del fiel volar alrededor de su jaula, con sus encantos y sus alborotos, que aunque lo vuelviera loco, “loco de atar” prefiere estar y no preso en esa jaula tonta. Quería cantarle, para rogarle, que con él se vaya lejos, muy lejos de tan cruel prisión, que su pequeño dueño todos los días le reservaba en un rincón de la casa, con mucho empeño y alborozado gozo.
Al no ver el plumaje sonrosado, a veces pardo, a veces dorado, de su canarita enamorada, la del fiel cantar aflautado, la de “los ojos bellos, que sólo amor se vive en ellos”, el canarito romanticón fue perdiendo la resignación, y “como lo que no se va en lágrimas se va en suspiros”, lentamente fue suspirando y de nuevo, lagrimiando, poco a poco moría. Ya su dueño se disponía a cerrar el improvisado y aterciopelado ataúd, que aunque un helecho de flores parecía, no eran “flores de su convento, en un convento y sin flores, que van y que vienen” y, al querer darle sepultura, se oyó un rolar especial, parecido a un canto golondrino, tan suave, tan transparente, tan ceremonioso como el más dulce bel canto divino. Era un ave que cantaba por encima de la cabeza del muchacho; éste, sorprendido ante tal tono de alondra, y al ver, apurado, que era la canarilla en sus aprestos amatorios, abrió de nuevo la sepultura y del lienzo helado, salió volando un canario encantado, que con su canaria enamorada, y de rosa lucida, huyeron volando hacia el bosque más cercano en busca de una libre y “mejor vida”.
Y si bien el pequeño niño triste se sentía, porque “más vale pájaro en mano que cien volando”, a la vez, de su corazón resurgía tremenda alegría, porque a lo lejos veía a su canarito cantor arbolando el bosque con sus alas doradas, quien, presumido y agitado, le guiñaba el ojo desde lo alto, ensimismado en sus atavíos, preso de sus amoríos que con la canarita había encontrado.
“Y colorín colorao este cuento está cazao...”
Erase una vez…………...Cuentos………......Federico Sánchez
-17-
Cabriola
la cabra loca,
que en su guarida
comió la yerba prohibida
Cabriola en principio era,
en el valle y en la selva,
una cabra cuerda, saltona,
pero tan glotona
que no podía comprender
que todo lo que se ve
no se puede comer,
aunque sea dulce de borona.
Sus patas eran ágiles,
de potranca corredora;
su olfato era tierno
y tierna su mirada,
y para que no digan nada
no tragaba en invierno,
ni rumiaba en el verano
las flores cortadas en vano
cuando corría con alegría.
En todos sus rincones
guardaba yerbas a montones,
que al comerlas en su lozanía,
les nublaban sus razones.
Por eso ella decía
que “yerba mala
nunca muere”,
aunque sea de otro día,
y como “lo que no mata engorda”,
comía de todo en la sombra.
De modo que una vez
se le puso el mundo al revés;
de repente salió huyendo,
como un diablo corriendo;
corrió y corrió sin sentido,
destruyendo, al cruzar los caminos,
panal de abejas, aves en sus nidos,
yerbajos y pastizales encendidos,
y como si fuera poco el hastío,
desbordó hasta un río,
al vadiarlo sin estribo.
Fue que una yerba comió
que era “fruta prohibida”,
y provocaba heridas
a todo el que se la comía,
y como Cabriola se le acercó
y de repente la degustó,
al instante le picó,
creando mala fama,
y es que “yerba
que está para burro,
no se la come una cabra”.
A pesar que en su estadía,
guardianes la cubrían
para que nadie se le acercara.
en un descuido, ese día,
la cabrilla se le acercó,
pensando que era yerba buena,
mas se equivocó, pues mala era,
como una rosa punitiva,
y al comerla, loca se volvió,
la cabra que sin saberlo comía
la rama que decían
que espinas la cubrían;
y por eso mucho corrió,
como si diablillos la perseguían.
Se trata de la historia de la rumiante, glotona Cabriola, que así se llamaba, y le gustaba mucho la yerba buena, pero no sabía distinguir la constitución de cada una, entre un yerbajo, que es despreciable a primera vista, y la yerbina, que es un mate fino, distinguible por su delicadeza y su dulzura; sólo se fijaba en el sabor, mas no el contenido alimenticio de la misma, de si era factible comérsela. No sabía cuál era para bien y cuál era para mal. Y como “tal para cual”, comer cualquier yerba le era igual. Comía tanto que para ella solita elegía un solar y no permitía que otra cabra o cabrilla se acercara. Llegó un momento que en toda la ladera del entorno el yerbal se había agotado. Ni una rama se podía cortar.
Ese día la cabra Cabriola amaneció con más hambre que nunca. Salió de su corral en busca de buena yerba, caminó y caminó y no encontró ramas que comer. Ni siquiera yerba mala. Le preguntó a sus compañeras, cabras y cabritas, que dónde podía encontrar un poco de comida, pues tenía tanta hambre que hasta el fin del mundo iría, a buscarla cualquier día. Todos les contestaban lo mismo, que también habían buscado por todas partes y nada habían encontrado.
Ante tal desesperación la cabreja no tuvo otra opción que comer lo que apareciera, aún fuera un yerbajo yermo, que es hierba mala, aquí y en Palermo.
En su largo caminar, que era más que trajinar, lo primero que vio fue un racimo de guineos, casi maduros, colgando de un árbol que tiene unas hojas anchas, pero habían sido ya comidas por otras cabras que se habían adelantado. Resignada a aguantarse un poco más, rechazó el susodicho ramo. Siguió caminando, caminando. Se encontró con una mata de plátanos, cuyos frutos colgaban también y estaban maduros, sobre uno de los brazos colgantes del árbol, pero con las hojas de todo el platanal desgolladas hasta el tronquito, hecho realizado por otras que se le adelantaron. Y así seguió hasta que divisó, a lo lejo, un ramo de yerba pangola que sobresalía desde algo que casi no se distinguía muy bien, pero estaba rodeado por una empalizada.
--Será posible--,
pensó en voz alta,
--que por aquí no haya pasado una colega cabra, que si es así ciega debería estar, porque aún cuelga ese ramo de guinea o pangola, no distingo bien, a lo largo del camino. Es extraño, pero divino.--
Cuando llegó, ¡oh gran sorpresa! se llevó. El manojo de lámina verde que había visto, estaba en el centro de un fardo de guazábaras punitivas, cuyas espinas afiladas por el tiempo eran de inminente peligrosidad, y difícilmente alguien podría acercárcele, sin que se hinque cientos de espinillas que rodeaban el yerbajo; más bien parecían guardianes inmarcesibles, como “heraldos de Dios” cuidando un rosario de espinacas verdes, aún.
En este lugar siempre hay cabrejos vigilantes que cuidan este espacio, donde precisamente crece la yerba de pangola y de guinea, para evitar que las cabritas ignorantes, así como Cabriola, traten de comer sin percatarse que hay cientos de espinas a la redonda de las mismas, capaces de hincar al más bonito y por lo tanto crearle tal hinchazón que posiblemente mueran o salgan volando, como ave zumbando.
Cabriola hizo todos los intentos por saltar, pero cada vez que alzaba la cabeza para impulsarse y penetrar, un dedo de espinilla saltaba y se le pegaba en el rabo o en la pata, si no en la rabisa del ojo, y en el lozano lomo, y su pelambre, ya ceniza, ya negruzca, se erizaba como si quisiera contrarestar a las propias espinas que se adherían a su cuero cabelludo. Pugilato inútil. No había forma de acceder. En una cerró los ojos y se dijo asimisma, dándose fortaleza y arrojo:
--De “esta agua tengo que beber”--,
y avanzó hasta el centro, donde estaba el tronco de yerba buena, rodeada de abrojos y bagazos y, antes de llegar, cientos de espinas a su cuerpo fueron a parar; y aún así siguió hacia delante y alcanzó un ramito de pangola, que por mala suerte para Cabriola, estaba adherida a otra rama venenosa, y el sabor amargo que sintió, más otro cientos de espinas que se clavaron a su ya adolorido esqueleto, y como dice el refrán “un gustazo un trancazo”, la sinuosa cabruya salió disparada, huyendo como el “Diablo a la cruz”, como si estuviera envuelta en candela, no tanto por las espinillas, más bien por el yerbatín amargo; pues toda la encía le ardía.
En su recorrido voraginoso por los caminos vecinos, llevándose todo lo que se le anteponía, sólo se escuchaba el murmullo de los vecinos, los animaluchos que eran sus contertulianos:
--Y qué le pasa a Cabriola, que en vez de saltos hermosos, salta como olas, y parece una cabra loca.--
Eso decía un burro rucio, y otro cenizo respondía:
--No sé si está loca, pero parece que lleva en la boca la yerba prohibida y en el cuerpo, clavadas, veo cientos de espinas que le han subido la bilirrubina.--
Y en su afán de llegar a un lugar donde disminuir tan inmenso dolor, llegó donde su mentor, que era el sabio de la pradera para que le orientara y le quitara lo que para ella era vivir en el infierno, y entre son y ton, y en “un abrir y cerrar de ojos”, aprendió la lección, de que primero hay que orientarse antes de comer algo que a simple vista parece que se puede tocar, aunque en realidad no se debe hacer. Si no hay un letrero que pueda señalar tal precaución, no se debe querer obtener las cosas con independencia de los padres o la ayuda de los amigos o un vecino que nos pueda orientar en cualquier circunstancia o tener orientación de cómo funcionan las cosas, a instancia de una buena información de otra naturaleza. Entonces, sólo entonces, debemos ser reservado, pues “hombre precavido vale por dos”. No debemos tomarnos las cosas a la ligereza, “pues la imprudencia es mala consejera” , porque “ no todo lo que brilla es oro”.
Luego Cabriola se fue calmando y su picazón fue desapareciendo. Todo quedó en la normalidad y “a comer yerba se ha dicho”, dijo uno de lo comelones cuando vio que traían un camión lleno de yerbajo, extraído de un solar que estaban limpiando para construir una vivienda, no sin antes armarse un alboroto tumultuoso.
“Y colorín colorao este cuento está linchao...”
Erase una vez........cuentos.........Federico Sánchez
-18-
Calvino
el cuervo huevero,
de corazón divino,
que vive más chivo que cuervo
Con su pico de tijera,
un afilado dentirostro,
usándolo en mar y en tierra,
sale el cuervo huevero
a buscársela como quiera,
donde haya un perro curvero
con el rabo en alboroto;
porque si el rabo mueve,
ese perro busca vida,
es porque algo quiere
y ha de haber mucha comida,
y algún trozo de carne
sin duda ha de oler,
ya sea los residuos de un lobo,
un flaco esqueleto de gato
o un sombrío comején.
Antes de planear como piloto,
el cuervo no se aloca;
primero observa la presa
y luego chequea muy aprisa
si está en compresa,
por no decir ya muerta,
por si acaso le toca
emburujarse como un devoto,
no le vaya a salir un alboroto.
Siendo un cuervo curvero,
no más cuervo que un chivo,
pero más cuerdo que un rabino,
prefiere los vahídos
de un perro carnero,
que le señale la presa,
o una paloma en su alero,
o una rata sin orden ni fuero,
pues lo que más le interesa
es ser más ave de sorpresa,
que un ave de mal agüero.
Con su plumaje negro,
más oscuro que el azabache,
y más encendío que un judío,
trata de cubrirse de los embates,
que como desdichado animal
le procuran incesante las cosas,
o sea, el clima tempestuoso,
cuando llueve a cántaro, melodioso,
o las pedradas que niños macilentos,
con su alegría y su desaliento,
se remuerden contra tan alado prieto,
o los improperios sin sonrojos
que el hombre pecaminoso
le dice a sutano o cualquier otro:
“Cría cuervos y verás
cómo te sacan los ojos.”
Por último, y es una sinrazón,
el cuervo pierde la noción
con la falsa identificación
que le dan los lugareños;
ya que un blanco norteño
le dice cuervo negro,
y un sureño, como en Brasil,
donde se le vuelve un rebú,
en un sitio le dicen Cormorán
y en otro Iribú añil,
perdiendo a veces la razón,
sin saber si es ave carnera,
lo mismo en el mar
o mar afuera,
o aquí en la tierra.
Un campestre hombre de los que hay en los campos del Cibao, un cuervo criaba, que siendo pichón se había perdido, y el señor se lo había encontrado en un corral. Parece que la cuerva madre, en su desesperación en encontrar alimentos duró tanto tiempo para conseguirlo que olvidó el camino de regreso a su nido. El cuervo chico lloraba sin compasión, y como compasión tuvo el campesino que lo recogió, un nido le hizo en el cobertizo, cerca del techo de su casa, para la admiración de los chicos y chicas y sorperesa de los grandes que a coro se repetían, sin sonrojo,
--Cría cuervos y verás cómo te sacan los ojos.--
Pero el compasivo campuchano, ensimismado y mimado por el cuervo, ningún caso le hacía; el único temor que sentía era que los niños molestaran a la negruzca ave cuando él se ausentara, en busca de mendrugo, allá en el conuco o en los montes montañosos, donde se sabía que había muchas frutas y vegetales, y algún que otro animal silvestre comestible. El campesino se congració tanto con el cuervillo que de nombre le puso Calvino. Esto fue porque tenía un peladido a un lado de la cabecilla, justo al lado de la oreja izquierda, formando un contraste de tono, pues mientras el resto del cuerpo era totalmente negro, como las noche cuando se acercan las madrugadas frías, el peladito detrás de la oreja era gris, y no el de más tono oscuro.
Entre lluvias tórridas o leves y tormentas cariñosas; entre días soleados, ya tristes ya apesadumbrados, ya alegres y elegantes; entre los tumultos bulliciosos de los animaluchos y el gentío imperecedero de la comarca, así pasaron los días. Y el cuervillo se hizo adultillo. En pocos días ya podía volar. Revoloteaba las alas queriendo emprender el camino. No podía volar porque su pata, igual que una mancuerna, estaba atada a una cuerda y ésta de una rueda. Con su pico de tijera, como dientes entre abiertos, picoteó tanto la cuerda que rota quedó, la hizo triza, en pedazos la dejó, y hacia el cielo, como un arcángel volátil, invicto, se elevó. Cuando huía, la gallina, desde un postrero, le voceó:
--Cuervo mal agradecido, “hace como Blas, comiste y ya te vas.”--
El cuervo, sintiéndose libre de toda atadura, que por muy dura que fuera, tenía su comida segura, tan pronto voló, a su familia buscó en el silvestre monte. Voló y voló hasta que encontró a mamá cuerva y sus pequeñines hermanos que ya habían nacido y aún no conocía. Calvino, si bien es cierto que con su ex-amo se sentía feliz, mucho más feliz se sentía con sus congéneres aves. Y aquí se cumple el designio bíblico que dice “Dios los cría y ellos se juntan”, pues juntos estaban la cuerva madre y los cuervos hermanitos, en su justo punto, cumpliéndose aquel refrán que dice “todos los judíos ponen juntos”.
Pocos días después, por la comunidad campestre se elevó una torbanela que se tornó en torbellino arrollador y arrasó consigo, gallos, gallinas y gallinazos, petirres, rolones y palomas, que quedaron inválidas, listas para una despedida hacia un lugar sacrosanto, por no decir hacia el fuego como alimento principal de un sancocho. Fue tan grande la polvareda, turbia, enceguecedora, que arrasó con todo lo que animación era, y con todos los que vivían fuera de las cuevas y fuera del hogar humano, como reptiles, y algunas sabandijas, lo mismo que otros animales más grandes, como perros y gatos, que dicho sea de paso, y sin saber que “guerra avisada no mata soldado, fueron sorprendidos peleando, como lo que eran, perros y gatos, cuando la tornabela se avecinó.
Pero el hombre campesino, que había criado al cuervillo fugitivo, aquél que había emprendido la hégira pasajera, sintió compasión por tantas criaturas manirotas; y como “más se perdió cuando el diluvio”, entendió que había que hacer algo; tomó a todos los animales maltrechos y los fue curando. Fue tanto lo que se emocionó al asistir a los animaluchos, que a la vez que sentía satisfacción, y se sentía agradable en tan noble tarea, tuvo en qué ocupar su preciado y ocioso tiempo. Y tan entretenido estaba que no veía el peligro que se acercaba. De pronto, casi en un santiamén, se acercó una manada de cuervos, que desde lejo habían sentido el olor del espanto, y como a “río revuelto, ganancia de pescadores”, venían cantando y vociferando, alabando el banquete que a ojo vista se le ofrecía. Decía un cuervo que era manco de una pata y tuerto de un ojo, como “el pirata del Caribe”, y que en picada se acercaba, con encanto y no con sobresalto:
--Carne fresca, tenemos; hay que aprovechar la ocasión.--
Mientras que una cuervilla, madre de dos pichoncillos, cuervidecía con emoción:
--¡Un milagro, un milagro, avancen cuervillos y de esas aves bobas aprovéchense, coman de sus huevillos, que nosotros los grandes comeremos cebillos de sus carnes sabrosas.--
Como las aves heridas estaban en el corral, y al aire libre, de inmediato se sintieron presas de los nervios, más del rumor encerdecedor que ellas mismas provocaban que de los mismos cuervos, que arriba, sobre los árboles gigantes o sobre los tejados, estaban oteando y las ansiaban y asediaban con aprestos.
Y cuando ya la manada negruzca se disponía a emprender el vuelo en descenso mortal para picar a las aves heridas, hubo un alto repentino, para que todos los cuervos se detuvieran. Era una voz de alerta, melodramática y desesperada a la vez, pero con un aire de aliento y solidaridad. Se trataba de Calvino, ya grande y fuerte y con don de mando, muy varonil y decidido, el que había dado la orden de detención. Era el mismo cuervo que el campesino había criado, que al darse cuenta donde estaba y al reconocer a algunas de las aves de corral que tiempo atrás le habían ayudado a sanarse y jugaban con él, comprendió que se trataba de el corral de su antiguo amo, el que le ayudó a sobrevivir.
Calvino, el ahora cuervo mandón, jefe de una división de cuervillos, explicó su razón para que no molestaran a las aves y en razón entraron todos los cuervos y cuervas que vieron con empeño el interés del jefe negro, que viendo con sus pardos ojillos los ojos de su antiguo amo, le devolvía el gesto de agradecimiento por haberlo salvado, cuando su madre cuerva le había faltado.
Y de regreso, salieron todos los cuevos y cuervas, cuervillos y cuervillas volando, dejando tranquilos a los heridos, atendidos por su amo el campesino, y que antes también, con mucho esmero, lo había hecho con un cuervillo, el ahora famoso Calvino, jefe de una división de cuervos hueveros, que arrasan con empeño y sin compasión todas las aves maltrechas que encuentran en su camino.
El campesino, al darse cuenta que entre los cuervos que volaban estaba su cuervillo adorado, atinó a decirle adiós levantando su mano derecha y picándole su ojo izquierdo en gesto de agradecimiento, cayéndose para siempre aquella malintencionada expresión que dice, sin tapujos y sin abrojos: “Crías cuervo y verás cómo te sacan los ojos”.
“Y colorín colorao este cuento se ha encuervao...”
Erase una vez…………..Cuentos……………....Federico Sánchez
-19-
Cuquita
la cotorra habladora
que por estar de predicadora
le pelaron la colita
“Predicar el evangelio
a toda criatura”
era la enorme misión,
con muchas ¡hurras!
de Cuquita la predicadora;
presumida y “encantadora”,
arrobada por la tentación
Oraba en las alturas
de un árbol del monasterio,
algunas veces en un sepelio,
otras en un cementerio,
llena de orgullo y de emoción.
Su mirada era escrutadora;
seleccionaba bien las palabras,
para convencer a la persona,
aún no se le entendiera nada.
Si se hacía larga la espera
para predicarle a la gente,
nunca le dio mente
en hablarle a su manera.
Oraba todo el día
con su plumaje encantado
y su pico dorado,
aunque a veces no sabía
qué era lo que decía.
“Esta boca es mía”,
decía con donaire,
“y no hay quién me calle,
ni de noche ni de día.”
A veces hablaba en demasía,
con ardor, con tanto chillo,
que más que orador parecía
dependiente de ventorrillo.
Era tanto el cotorreo,
al convertir a un allegado,
que al cantar como un gallo,
lo mandaron por correo,
como si fuera un sello postal,
dirigido a un platanal.
Predicaba la palabra
con mucha presunción.
Al altísimo adoraba
con suma precaución,
pues en el monasterio,
donde el árbol estaba,
tenía que ser más serio,
o su plumaje volaba.
Cada vez que una persona
cerca de la cerca pasaba,
la urraca oradora
unas palabras le tiraba;
y el desprevenido paseante
hacia los lados miraba,
buscando las palabras
de su semejante,
creyendo que era un monje
de esos que habían antes.
Al notar que la cuca
era quien predicaba,
con dislocadas y raras palabras,
una piedra, si no muchas,
con fuerzas se las tiraba
directo hacia la nuca;
y si no es por una periquita,
que le voceó “cuidadito”,
por poco le pelan la colita
al primo del lorito.
Pero la cuca parlanchina,
al ver que aún no la arruinaban,
ni un chin se amilanaba
y con altivez y rectitud,
otro sermón le enjundiaba
para que el viajero pensara
que amar era su virtud
y no que alguien la odiara.
“Como decía nuestro Señor:
´muchos serán los llamados
y pocos los escogidos´,
le hago un favor
a todo hombre pecador,
y me pagan con desagrado
el bien que es escogido.”
El padre Benito,
que era ceboso o gordito,
con escapulario ancho
y el sayo chiquito,
que no gustaba del sambenito,
se quejaba del zafarrancho,
y apegado a su rosario,
miraba al cielo, infinito,
quejándose del arbolario,
diciendo “¡Ay bendito,
´cuándo acabará este calvario!´
Ni que fuera una mona;
cuándo será que esta cotorra
dejará de rezar
y también de molestar
al santo y a su limosna”.
“Esa cuca hay que castigarla”
también decía el monje Aguallo,
“poniéndola sobre un guayo
o dentro de una chimenea,
por si acaso se menea,
y así se rallen sus ideas
o se queme su verborrea
y deje de hablar como papagayo”.
El padre Benito estaba tan incómodo con la “cuca cuquicá”, que así solían llamarle sus amiguitas aves que visitaban el solar religioso, que de pique el monje decidió cambiarla de árbol, o sea, alejarla hasta el fondo del atrio de la iglesia para que no molestara ni a los feligreses ni a los caminantes que pasaban por los alrededores de la cerca que rodeaba a la casa de Dios.
Un ruiseñor encantador y lisonjero, un pájaro bobo, que de bobo no tenía nada y un siguiriguillín, que vivía por San Quintín, como quien dice: “los tres que echaron a Pedro en el pozo”, que visitaban con frecuencia a la cotorra parlanchina, le avisaron de las intenciones del padre Benito. La urraca habladora que no le gustaba mucho la idea de que la cambiaran de árbol, pues en éste, y sobre sus ramas, se sentía como en su casa, “ni tonta y ni perezosa”, entre rebatiña y quejas, elevó una plegaria al cielo, pidiéndole al señor que la protegiera.
Cuando el padre Benito, con escalera en manos y un palo alto, que de pino era, tan largo como el horizonte, se arrimó al árbol, la cuca le gritó, pero con un discurso suave, divino, conciso y claro, como buscando congraciarse con el párraco, que subido de tal forma en la escalera se parecía mucho a un pajarraco, y ella, “sin pelos en la lengua”, esta oración le lanzó:
--Dios te salve padre Benito, eres bendito entre todos los monjes benedictos, ya sean gordos o chiquitos, flacos o larguitos; el señor es contigo y como estás muy solito, quiero, señor, que lo proteja de toda queja y le dé razón de ser en su haber y sabiduría para que su inteligencia sea buena y grande y haga lo que tenga que hacer sin malidiscencias, sin arrogancias, sin porfías, y mucho menos sin alevosías.--
El padre Benito que esta plegaria solitaria de la cotorra oía, hizo caso omiso, y sin pedir permiso, sonriendo a la cuca cuquicá con otra perorata le respondía:
--Ya “no te salva ni el médico chino”, aunque volando tenga que llevarte al árbol de las chinas, para que tanto no siga hablando y a la gente no viva molestando. Ya está bueno de “decir todo lo que se te viene a la boca.”--
La urraca predicadora, dudosa, o temerosa, un poco asustada, un poco oradora, le reclamó su derecho a la libre expresión del pensamiento y que vivía en un país libre de toda opresión totalitaria y tenía la potestad constitucional a decir lo que quisiera y le viniera en ganas.
Y a partir de ahí se fueron en “un dime y diretes.” El padre Benito, ni loco ni contento, envuelto en su santo sayo, protegido por un rosario, en un santiamén le contestó lo siguiente, no sin antes querer encerrarlo en un armario:
--Una cosa es expresar libremente las ideas y otra molestar a la gente con palabras groseras, a veces inventadas, llenas de injurias y diatribas, rebosadas de denuestos, falacias, o mentiras, y por encima de todo, y como si fuera poco, sacrílegas, ofendiendo a Dios. Sólo dices palabras soeces, que son un incendiario a la vista de santos y de oradores de rosarios.--
Entonces el padre Benito por las alas la agarró, la escalera poco a poco y en lentitud bajó y a la arbolera de las chinas la llevó. La urraca maldició, una uña sacó para clavársela en la mano sudorosa o en el pescuezo; el pico de cotorra intentó clavárselo en un dedo, pero no pudo saciar sus gritos de desesperación tratando de hacerle un moretón con un aletazo que por la sien al padre Benito le pegó.
Por un momentito la cuca triste se sintió, porque el patio era grande y en el fondo del mismo sólo habían árboles y una enorme pared, que se elevaba como valladar impenetrable para grandes y chicos, y que lindaba con el extremo derecho de la iglesia y hacia la calle postrera; desde allí nada se veía, que era lo que más le entristecía.
Después de una pequeñísima jornada de aburrimiento y melancolía, como unos, dos o tres minutos, la nostalgia amainó cuando comenzaron a llegar sus amigos, sus volátiles, parejeros y siempre alados compañeros, el ruiseñor, el pájaro bobo y el siguiriguillín; y ahí mismo comenzó su alegría con tan grata visita, aprovechando la ocasión para externarles un sermón contra lo malo que es la censura, que sin cesura ni atadura no podrá vencerla nunca; dijo también que en “un país donde el que menos corre, vuela, al peso le llaman tolete, y al limoncillo quenepa”, debe haber libre expresión del pensamiento.
Y seguía diciendo la pajarraca:
--Desde aquí, en esta prisión arbolar donde me ha confinado el
parraquillo Benito ése, que de bendito no tiene nada, nadie
callará mi pajarraca boca y escuchen bien lo que les voy a
decir, mis dilectas y estimadas aves, como ustedes saben y
son mis amigas en esta jornada de lucha por la libre expresión
de la ideas....--
Y cuando iba a abrir el pico, por no decir la boquilla, para decir no se sabe qué otras cosas, el pájaro bobo se le adelantó, diciéndole:
--Un momento mi querida urraca, que allí, en aquel árbol, cerca del campanario, están mis hijillos, y mi compañera la pájara bobilla y tengo que llevarles la comida. Así que hasta lueguillo.--
Y rápido y veloz salió volando, que ni Superman flotando. Inmediamente, el ruiseñor y el siguiriguillín, en ese mismo tenor, explicaron su moción y lleno de dolor también salieron canturreando, dejando a la solitaria urraca con la palabra en el pico y un dolor entre las alas, que sólo alcanzó a decir:
--Vuelen, vuelen, son libres y volar no cuesta nada, pero recuerden que por yo no tener miedo a hablar y mucho menos por estar callada, no seré cuestionada. Aunque “me parta un rayo”, volaré tan alto como pueda y desde allá arriba otearé a los miedosos que prefieren vivir en reposo y siempre enlodado, pero con el pico callado y sin poder decir nada.--
Y solita se quedó, callada, meditando sus plegarias...
“Y colorín colorao este cuento está encuquicao....”
Erase una vez………....Cuentos……………....Federico Sánchez
-20-
Sabiel
el búho sabihondo
boqueburro y hablador,
que se metió para lo hondo
por estar de creador...
El búho sabihondo,
“ni mondo ni lirondo”,
sentado sobre una piedra,
lleno de escoria y de hiedra,
casi todo lo inventaba,
en un gran y forzoso intento,
por contentar a la gente,
que lo escuchaba brevemente,
y una lágrima lo asaltaba,
pues una tristeza le daba
cada vez que hacía un cuento.
Un día se inventó, orondo,
diciéndolo muy lirondo,
la difícil manera
de cómo se pobló la tierra,
primero de peras y guayabas,
de uvas y manicondos,
de pinos en la sierra,
de plátanos y bananas,
y de animales boca abierta,
como el cocodrilo y la rana.
“Fue un día de lluvia,
tierno, cálido y apacible,
y aunque suene increíble,
ya hace una centuria.”
Así, a los oyentes les dijo,
lleno de altivez y orgullo,
y alegre repetía,
con alardes y manía
“que al nacer el andullo,
se haría sin aleluya,
tal como Dios lo bendijo,
después que lo predijo,
muy quitado de bullas.”
De todo sabía el búho Sabiel,
que como el santo Gabriel,
tenía un conocimiento profundo
de cómo se formó el mundo
en los confines de los tiempos.
Dijo que “los mares y los vientos
salieron de un hoyo fecundo
con sus cánticos inmensos,
sin anversos, ni reversos.”
Eso decía a ritmo de versos.
Un día, un ave de rapiña,
que mucha envidia le tenía,
le apostó a que no sabía
de dónde vino la gente,
“esa especie, que de repente,
nos lanzan una piña,
como un dardo envenenado
para alejarnos del venado.”
El búho, insensibilizado,
“usando los cincos sentidos”,
pues aún siendo sabio
permitía cierta crítica,
se rió de tal humorística,
sin reprocharle sus alaridos:
“Esa es un pregunta tonta,
aunque más tonta es la gente
que no sabe de dónde viene.
Te diré lo que quieres,
aunque eso no es urgente
y no se te pares la honda;
te explicaré lo que aconteció,
y eso no me lo inventé yo,
no es alharaca ni trapisonda.
Lo que le voy a contrar
no ´es cosa del otro mundo´
ni fue un sueño profundo
que me puso a delirar.”
“Cada loco con su tema”,
expresó el águila, risueña;
creo que “vale la pena”
eschuchar la alharaca
del sabio sobre su estaca.
Con sus penachos de plumas alzadas sobre sus orejas pardas-grises, elevándose como antenas, y sus ojos bien abiertos, como luceros resplandecientes en medio de la oscuridad, y aunque es una ave poco sociable, decidió complacer a su congénere, la ave de rapiña, un águila voraz y parlanchina, a un tiempo, quien pidió autorización al sabio contador de cuentos, confusos o extraños, como el origen del tiempo perdido, entre otros, para llamar a toda la comunidad animal para que escucharan el relato del búho sabihondo sobre el origen de la población de la tierra por parte de los humanos y cómo fue que poco a poco se fueron apoderando de ella, colonizando y dominando la naturaleza, a todos los animales, a todas las aves, incluso a ellas, las aves de rapiñas, que comen carne humana, quizás en represalia por el dominio del hombre sobre ellas; sólo que lo hacen cuando mueren los hombres, en el justo momento cuando se calientan al sol, después de sus muertes.
El búho Sabiel, en principio altivo y elegante, con su pecho elevado, con sus anteojos puestos, privando de elefante y de intelectual y sabio, a la vez, poco a poco se fue sumiendo por no decir consumiendo, en las dudas, en su capacidad de inventor, pues en la medida que se acercaban los animales, el caballo bayo con su bestia esposa, la urraca con su cotorra y sus cotorritas, el burro rebuznón con su burraca Hemeregilda, la vaca bermeja y sus vaquillas encantadoras, la cigua palmera, que siempre está por donde quiera, y ahora estaba con sus cigüistas que llevaban en “el ala una flor y en el pico una rama”, el cocodrilo con su cocodrila, ésta sentada en una silla (no se sabe cómo), y así sucesivamente todos se acercaban y se acomodaban para escuchar la parlanchina historia del búhuo Sabiel, que iba a contar de dónde vino la gente.
Pensativo primero, pues no sabía bien lo que
iba a decir; y aprensivo a posteriori, pues se aprehendió, bien apegado, a una idea que le surgió de repente, como todo un creador inspirado, y como “de médico, poeta y loco, todos tenemos un poco”, el búho comenzó a delirar, y luego a cavilar. En realidad no sabía exactamente lo que iba a decir. No podía saber cómo se había poblado la tierra de seres humanos. Según él no era como lo describía la Santa Biblia, la cual había sido traducida al lenguaje animal por un antiguo y sabio búho años ha, “Que sólo cuentos narraba”, según su particular criterio. En la medida que se iban aglomerando los animales, el búho, cabizbajo, cavilaba. Cavilaba lo que iba a decir. Pensaba:
--Cómo inventarme una historia que sea creíble y a la vez durable, o sea, que resista el paso del tiempo, que durara el tiempo necesario, al menos el de mi existencia en mi paso por estos bosques caribeños; una historia que se pueda creer, antes de que me pudieran linchar por estar de creador, y así poder escapar antes de que se dieran cuenta de que tal historia en este momento me lo voy a inventar.--
Y entre cavilaciones, de pensamientos confusos, el búho inició su tremenda e increíble historia de cómo se pobló el mundo, el conocido hasta entonces, y de dónde vino la gente. Inició como todo un sabio su narración.....
--“Erase una vez, el que no ponía azúcar no bebía café”-,
dijo el búho medio riéndose, pues así se comenzaban los cuentos en esa época; en tanto, surgieron protestas de los tertulianos presentes. Se puso serio y comenzó a inventariar su historia. Continuó narrando:
--bueno, “como me lo contaron se lo cuento”. Cuando el mar y los vientos ya estaban formados, y los animales de toda clase hacía tiempo que ya existían en la tierra, y todas las montañas y los árboles y lo ríos ya hacía tiempo que que eran adultos, llegó a nuestro planeta una enorme nave intergaláctica, tan gigante como un brazo de mar, y dentro de ella vinieron seres humanos que pertenecían a distintos planetas del universo, en otra galaxia similar a la nuestra, pero que en vez de un sol tenía tres, y cada sol con dos lunas. Todos, planetas, soles, lunas, seres humanos, habían sido creados por Dios, el todo poderoso, en los confines del tiempo y del espacio sideral. Esos planetas eran “Asiánida”, “Oceánida”, “Amerindia”, “Afránida y “Eurión. Cada planeta tenía una sola raza, pero en el universo todos esos planetas vivían en paz unos y otros; ningún planeta se inmiscuía en los asuntos internos de otro planeta, pues así Dios lo dispuso, lo había establecido desde el principio. Incluso en cada planeta se vivía en paz, no había racismo, puesto que todos eran iguales, fisicamente, y ante la ley y ante Dios. En cada planeta prodominaba la equidad, y la justicia social; además no se conocía la violencia y sí la solidaridad.--
El búho observó detenidamente a los contertulianos: sus murmullos, sus gestos o ademanes; buscaba sus inquietudes con su inquieta y profunda mirada. Pero todo era silencio. Silencio sepulcrar. O quizás un leve murmullo silente. Al parecer el búho había concitado la atención. Levantó la pelvis y uno de su brazo alado al mismo tiempo. Hizo un gorjeo gutural, como carraspeándose la garganta, cual cantante lírico. Una hoja de palma que le rozaba el rostro en ese momento la viró y de ella cayó una lagrimita cristalina que pensó que era residuo de una jarinita que en la tarde había caído sobre el valle. Pero no era agua, era la mancha que el mismo árbol produce; pensó tomarla para refrescarse la garganta y se dijo, consolado, bueno, “a falta de pan, casabe”.
Y continuó su fantástica narración; inenarrable por increíble:
--El pensamiento y la sabiduría eran tan grandes que los humanos llegaron a crear la tecnología más avanzada jamás conocida. Hubo un momento en que construyeron naves interespaciales y se hacía turismo interplanetario. Empero, cada ciudadano de un planeta pasaba poco tiempo en otro planeta, para evitar el apareamiento, y en consecuencia el cruce de razas.
--Hubo otro momento--,
siguió narrando el búho, con su observación así, de soslayo, para ver la reacción de cada participante,
--que se formó un Consejo del Universo, lo que era conocido hasta entonces, formado por un representante de cada planeta, presidido por el más viejo de todos, en edad y en el tiempo que tenía perteneciendo al Consejo. Cada uno de ellos externaba sus mensajes, los deseos de su planeta respectivo, y se discutían y se adaptaban culturas similares y se adoptaban medidas por consenso. O sea, de una forma democrática, sin dejar de tomar en cuenta a la minoría disidente. Cualquier signo de violencia, de opresión, de represión, tanto política, económica, como racial, eran condenados. Sólo la libertad podía prevalecer al interno de cada planeta y a la vez entre todos ellos.--
El búho calla por un momento. Obserba, curiosea los gestos. Surgen algunos murmullos, voces apagadas, ininteligibles, como si se sintiera algún disgusto por tan “disparatado argumento”. El cocodrilo medio pensativo, gorjeó para sí:
“entre lo dicho y lo hecho, hay mucho trecho”; este búho está dilirando y o nos está engatusando.—Luego calló.
--En una ocasión--,
continuaba la sabia ave su narración--,
--un representante de Afránida, cuya pigmentación de la piel era oscuro, informó al Consejo que sus contertulianos habitantes querían convivir con los demás habitantes de los demás planetas, cuyo color eran blanco, amarillo y cobrizo, de modo que pudieran entrecruzar razas y así enriquecer los colores pigmentados de los humanos, que eran muy pocos, a diferencia de los muchos animales, que tenían decenas de colores, de tonos variados, enriqueciendo, ampliando los matices irisados. Se decidió hacer una consulta, una especie de plebicisto en cada planeta para que cada ciudadano externara su decisión al respecto. La respuesa no se hizo esperar; fue negativa. Entonces elevaron esta negatividad al Consejo, para que resoluctara como no aprobado, y así fuera validado.--
El búho observó de nuevo los gestos impertérritos de algunos animales, que no entendían el significado del cruce racial, ni para qué buscar más matices de coloridos entre los seres humanos si con los que tienen son suficientes. Incluso, pensó el canario, nosotros no necesitamos unirnos a otras aves para tener tal ricura de matices; ya somos azul y amarillo, ya blanco con naranja y verde, ya blanquinegro con verde y naranja. Otros pensaban que lo que estaba diciendo el búho era un “disparate mayúsculo”, no tanto por la mezcla de razas, que es lo de menos, sino que surgiera en otra galaxia la existencia humana, y tirirá, tirirá, seguían hablando, medio alto, medio en silencio, medio pensando.....Pero el búho Sabiel continuó su relato:
--Fue así que el Consejo propuso, a todos los planetas, que buscaran un lugar en el espacio, no muy alejado de su galaxia o del sistema solar del que ellos habitaban, para hacer un experimento de cruces de razas. Ese lugar tenía que presentar condiciones que fueran habitables, para formar colonias con las distintas razas de cada planeta y que con el tiempo cada grupo se fuera acercando a otro para su apareamiento y su intercruce. Ese lugar elegido fue el planeta tierra, el que todos nosotros habitamos.--
El búho se detiene, pues sintió un murmullo creciente, prolongado, que vino desde el final de la multitud, encadenándose de boca en boca, hasta llegar al podio improvisado. Continuó:
--Se acordó--,
dijo el búho, con cierta aprensión y cuidado,
--colocar cada grupo en un lugar específico y que en la medida que pase el tiempo cada raza se vaya uniendo con otras razas hasta formar un patrón común en todo el planeta, a la vez que habrá riqueza de matices de colores en libre unión entre cada uno y todos a la vez.--
Miradas quisquillosas entre sí de los animales; ademanes imprevistos, surgen: una gallina se pasa una ala por la frente, un perro levanta la pata trasera y se la coloca a un árbol que está a su lado, el cocodrilo abre su bocaza como si le diera sueño, y así todo hacen algo: el ruiseñor ríe, el gato aruña, el león ruge y asusta a su vecino, un pez espada, en un intento inútil de aplaudir, se rasga una ala con su propia sierra, el tigre levanta la cabeza, la vaca se burla con un buuuu interminable, y el chivo dice un veee, veee repetitivo. Pero el valiente búho, no puede echar para atrás. Continúa:
--Se acordó también que en vez de hombres y mujeres ya con conocimientos tecnológicos y grandes sabidurías, que se colonizara en cada lugar de ese planeta con Pequines, o sea con pequeñuelos, ya sean niño-as y adolescentes, que pudieran sobrevivir y que ellos mismos formaran en el transcurrir del tiempo su propia sabiduría. Ante esta sugerencia, entonces, se acordó que cada tribu, cada colonia fuera vigilada por un equipo adulto y que estuviera oculto para que no distorsionara la evolución de los niños y adolescentillos en su crecimiento y sus posibles dotes de conocimientos que irían adquiriendo; que no intervinieran, a menos que fuera necesario o que una tribu no pudiera sobrevivir.--
Observación del búho. Observa que los murmullos van de simples interjecciones a emociones más fuertes, in crescendo....
--Y fue así que del planeta Afránida se formó una colonia en la tierra que hoy se llama Africa. Los amerindios fueron colocados en un lugar que le llamaron América. Los eurianos fueron depositados en lo que hoy se conoce como Europa. Los oceánidos en Oceanía; y los asiánidos en Asia. Sólo que estos niños y adolescentes no evolucionaron de la misma forma que sus antepasados, que no tenían egoísmo, y que vivían sin violencia, sin injusticia; quizás porque cada planeta tenía igualdad entre sus habitantes, al ser de la misma raza. Con los cruces raciales probablemente se aceleró esa inversión de valores o probablemente crecieron genéticamente con los mismos deseos de los planetas trasplantados a la tierra, o sea, sin mezcla de razas, y al encontrarse todos en un mismo planeta se inició el racismo, uno contra otros. Como pueden ver-,
observó el búho, con arrogancia y dilectantismo, y tratando de resumir,
--el hombre terrícola procede de otros planetas de un mismo sistema solar, de la galaxia Arquimiánida, nombre puesto por los antiguos sabios de ese sistema en honor a uno de sus primeros filósofos, que había descubierto el movimiento de los planetas alrededor de los soles existentes, y que dijo “Dame una palanca y te moveré el mundo”, queriendo decir que cualquier cosas es posible removerla con un ligero impulso y poco esfuerzo, utilizando un soporte. De modo que nuestros hombres de la tierra vienen de allá, de ese sistema lejano que se ve a través de esos dos árboles que están a sus espaldas.--
Todos los presentes se voltearon a mirar el hueco entre los árboles de marra.
--Pero aunque eran de diferentes planetas tenían, eso sí, los mismos órganos, las mismas formas. Tan sólo los distinguía el color de la piel, que fue producto de la quemazón de los rayos solares, pues los planetas se encuentran a diferentes distancias del mismo, y la resolana quema según la distancia y la intensidad calorífica, y a mayor calor solar, con sus rayos lacerantes y calcinantes, mayor color tonal, o sea, ennegrecimiento de la piel. Empero, en el fondo todos son iguales, los que están aquí en la tierra y los que aún viven en esos planetas que les he mencionados, que son los antepasados humanos, y con ellos vinieron muchos animales jóvenes también, que eran más inteligentes que nosotros. Ellos son seres más adelantados que todos nosotros, humanos y animales, mucho más desarrollado, “como del cielo a la tierra”, y que aún nos vigilan porque todavía no hemos crecido; somos adolescentes; apenas hemos rebasado la niñez de ellos; su evolución es superior, aún nosotros no hemos podido por sí solo alcanzar su nivel tecnológico, científico, pero algún día lo alcanzaremos, pues tenemos el mismo cerebro, sólo que le falta aún evolucionar, y tener mayor información de los conocimientos que ellos tienen, pasibles de alcanzar, por lo tanto, ellos como los que están aquí tienen el mismo origen, fueron creados por Dios, el omnipotente. El único inconveniente que no hemos podido superar, es nuestro prejuicio racial, producto de la injusticia y la iniquidad, principalmente en el humano, pues en los animales, como nosotros, no se dan esos malentendidos.--
El búho Sabiel detiene su perorata un segundo. Observa. Quiere reacción. Uno de la cofradía interrogó:
--Y por qué en la Biblia se dice que los primeros antepasados del hombre fueron Adán y Eva, “creados por Dios a su imagen y semejanza”, y que hizo a Adán de barro, soplándole aliento de vida, y luego “hizo a Eva de la costilla del hombre”, por lo cual ésta siempre vivirá rescotada de éste, buscando su espacio, su paraíso perdido, que está aquí, en la tierra.--
Frente a esta interrogante, el búho frunce las cejas, duda, bacila; luego responde, sabiamente:
--Adán y Eva, un hombre y una mujer, eran los comandantes que dirigían la vigilancia de los colonizados, aquí en la tierra; por eso se pensó que Adán y Eva eran sus padres. La palabra padre, en la jerga de uno de los planetas, quería decir vigilante. Entonces en esos tiempos se decía que Adán y Eva eran sus padres, o sea, sus conductores o vigilantes en esta nueva vida, luego alguien escribió diciendo que eran los primeros seres creados por Dios. Quizás los eran, como hombre y mujer adultos, aquí en este planeta, porque eran los únicos. Sus asistentes, hembras y varones, eran imberbes, jovenzuelos medio adultos que realizaban labores ejecutivas y técnicas, y envejecieron dentro del laboratorio de observación, y se procrearon en generaciones continuas, heredando la sabiduría de su universo, aunque con la tecnología conocida hasta el día que comenzó la colonización en este pleneta, pues perdieron comunicación con su origen, y se cree que aún se procrean y nos siguen vigilando desde algún lugar del planeta, no se sabe si en la barriga de una montaña o desde un pozo del océano.--
El murmullo creció como rayo relampagueante. Del mutismo de todos los animales se pasó a la agitación precoz. El desacuerdo se fue ganeralizando. Todos dudaron. Todos pensaron, al uníseno, en linchar al búho, por estar creando una falacia pecaminosa, que “ni los chinos de Bonao” se la creerían. El murmullo se convirtió en voz de trueno. Todos se quejaron. Fue así que “se armó la Dios es Cristo”, y se oyó una voz que dijo:
--Se fuñó el búho--,
fue el cocodrilo, con la boca más abierta que un tiburón, “ave de mal agüero”, al darse cuenta que los animales comenzaron a inquietarse, a dudar.
Antes de que el búho se diera cuenta, comenzaron a tirarles tomates, limones, otras frutas desnutridas, por la pudrición que ya tenían, y le tiraron todo tipo de cáscaras, y no precisamente de huevos, y un sin número de cosas inmundas más. Y a vocearle improperios, diatribas, maldiciones, sambenitos, ucases, y como si fuera poco, el cocodrilo, con su pecho altivo, y sus dientes amarillos, gritó:
--Abajo el búho.--
Un ave de rapiña, que no la misma que le pidiera que contara el cuento, respondió:
--Hay que lincharlo.--
Y un tercero, un mono mandarín, sobre una rama de guayaba, replicó:
--Paredón para el búho.--
Reclamo que fue repitiéndose a coro, ubicuo, por toda la ensenada.
Y así, todos se perdieron en un mar de confusiones, sin ponerse de acuerdo sobre la penalidad que había que aplicarle al pobre búho, que sólo estaba haciendo un leve trabajo de entretenimiento, de creatividad, de esparcimiento mental en medio de un anocher triste y apagado, pues a partir de esa hora todo el mundo iniciaba una siesta larga hasta el amanecer. Sólo el pobre búho se quedaba solo, despierto toda la larga noche, con sus ojos grandotes encendidos, que los aprovechaba para vigilar en medio de los peligros que encierra la noche y velar el sueño de sus compañeros animales, mientras éstos duermen apaciblemente.
--Son todos unos malagredecidos--, fue la única frase que atinó a decir. Entonces, sólo entonces, salió volando, perdiéndose en la lejanía cercana, en la intensa oscuridad de la noche parda.
“Y colorín colorao este cuento quedó empantanao...”
Erase una vez...........Cuentos………....Federico Sánchez
-21-
Leonis
el León bonachón
que dejó de ser rey
por estar de dormilón
“...regresó a la ciudad el célebre
psicoanalista; publicó con laude
su famoso tratado en que demuestra
que el León es el animal más infantil
y cobarde de la selva.....”
Augusto Monterroso,
“El Conejo y el León”,
de “La oveja negra y otras fábulas.”
Leonis, el león bonachón,
es “el Rey de la selva,”
y dicen que es un campeón
porque no come yerba
y no soporta su sabor.
Prefiere ser caballeroso,
aunque no le guste al oso;
y como si fuera poco,
le gusta la cordialidad,
la justicia y la bondad,
y de la virgen es devoto.
Cuando está en su leonera,
que no es una jaula cualquiera,
sino toda la ensenada,
para que no le digan nada,
no emite rugidos salvajes;
no es allantes ni aguajes,
que es un sonido verdadero
y para no meter tanto miedo
se pone en la boca una sordina
para que la pequeña Zorrilla
no se asuste como una sardina
de tan horrendo torpedo. -133-
Leonis es tan sencillo,
que le da paso al tigrillo
para que lo vean como rey,
pero como dice la ley
no hay derecho que cambie,
ni costumbre que se borre,
“el rey, rey siempre será”
y que no se hable más.
Aunque disfrace su pelambre,
que sería una barbaridad,
aún siendo leopardo
o puma de los de Chile,
el león sigue siendo rey,
aún se parezca al buey,
con sus pintas y sus nardos,
en cualquier trama que se hile.
Siendo audaz y valiente,
no le teme a la gente,
y mucho menos a un pastorcillo;
lo mismo le grita a un grillo,
con su sonido rugiente,
que a un bravo regente.
Su sonido natural
es producto de su hermosura;
de su cuerpo amplio, su bravura,
y no exise ninguna atadura
que lo pueda detener,
porque prefiere ser
animal libre, un libre animal.
De ahí que no come hierba,
por ser el rey de la selva.
En vista de que el rey león no se ocupaba de su reino, todos los animales vivían como “chivo sin ley”. El caos se veía por doquier; la cabra le caía atrás al gato, el gato al perro, el perro al cerdo, y éste, “sin ton sin son”, le daba un pecozón a una oveja, la oveja a la iguana, la iguana, a una lagartija, la lagatija daba un brinco y se le pegaba a la vaca, la vaca, con aullidos terribles, asustaba a los conejillos, que en sus aullidos temerosos cuando salían corriendo, desunidos, destruían las rosas, y luego iban a esconderse en su madriguera.
Era tanto la confusión, que hubo un momento que el tigre, aunque no sabía nadar, se sentía como “pez en sus aguas”, aún no se llevara bien con el pez espada. En ausencia de Leonis, en tanto no se ocupaba de imponer “la ley de la selva”, y que “todo andaba manga por hombro”, o sea fuera de orden, el tigre, “vuelto loco y sin ideas”, o loco de atar, se hacía el chivo loco y de “la vista gorda”, y vivía haciendo travesuras como “Pedro por su casa”: al toro se le subía arriba y le mordía una de sus orejas, a la cabra la encabritaba tanto correteándola hasta el cansancio, hasta que ésta no pudiera más y cayera exhausta sobre sus propios pies, o mejor dicho sus patas, aprovechando el tigre ese momento para lamerle el rabo cariñosamente; al pobre perro lo tenía tan desasistiado que ya éste no podía más con su perra vida; y así, al gato lo tenía encogido; al elefante, destrompado; a la jirafa, descocotada; a las aves, despavoridas; al cocodrilo desgaritado, a los conejos, desorejados.
Como “no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista”, cansados todos los animales y con un único propósito y un solo lema en la agenda (“Paredón para el tigre loco, paredón para el tigre loco”), se fueron todos donde el león a presentarle su demanda, que pusiera en orden la selva, porque se estaba cayendo a pedazos. Al uníseno se quejaron que el tigre, que Tiberio se llamaba, los tenía a todos “a un tri de coger el monte.”
El león, que apacible descansaba en su lecho improvisado, o sea, donde le cogiera la noche, les hizo caso omiso, y los mandó donde el miso, que es primo del tigre, a ver si éste lo convencía de que no siga con sus travesuras, que de hecho, no eran malignas, sino molestosas, pues no dejaba trabajar o jugar o descansar a nadie, siempre con sus jocosidades y la mala práctica de rascarse con la pelambre de los animales belludos o del cuero pelado de aquéllos que no lo tenían, pero les daban una cosquillita sensitiva, o se cogía con mordizquearles los rabos, o subírseles arriba, sobre el lomo, que a los animales “se les hacía cuesta ariba” tener que soportar tan alto peso, no tanto por lo que el tigre pesara, más bien por el tiempo que duraba sobre ellos.
Pero los animales, representados por el burro Brunelo, el cocodrilo Bocaza y el búho Sabiel, como voceros del pueblo animal y la “sociedad civil” selvática, insistían en que el león le pusiera coto a la situación caótica, para ellos, y que había ocasionado el tigre, aunque “para nadie era un secreto” que para éste no era caótica, sino risible, era un gozo, una forma de el tigre divertirse “a costilla de otros;” o sea, hacerse el sinvergüenza, una manera de pasar el rato, y no precisamente con el gato, y reírse a carcajadas de sus propias ocurrencias, y que a veces se creía “Rey de la selva”; de ahí que los animales pensaran que Leonis era irresponsable, irrespetuoso, inmisericorde, un dormilón; se creía invencible, y dejaba al tigre por sus fueros, que hiciera y deshiciera, haciendo travesuras y “enderezando entuertos”. “Cría fama y acuéstate a dormir”, y verás que te respetan, era lo que penasaba el león bonachón; erróneamente, por supuesto.
Entonces, antes tal situación, y “como no es tan fiero el león como lo pintan”, el tigre se mofaba de sus travesuras:
--“A falta de pan casabe”--,
decía con orgullo y no menos cierta chanza,
--si no está Leonis, está Tiberio, gobernador de este imperio--,
decía con orgullo.
Las quejas de los confundidos animales continuaban. El león no se inmutaba. Quieto se quedaba, hasta que el búho, con su astucia y su sabiduría, le lanzó “una ganzúa,” que para el león fue como “una capicúa;” le dio una información, falsa por supuesto, que al león le picó su honor; lo puso patifuso y desconstantinoplado, con “cara de pocos amigos”. El búho le dijo, un tanto difuso, un tanto alelado:
--Mire mi querido y más estimado aún Rey de la selva, según el tigre, el león, o sea, usted, sólo es grande y bonachón, poco inteligente y sin imaginación, incapaz de presidir un reinado que por siglo los leones lo han heredado en este mundo selvático. También dice que, Leonis, o sea usted, le falta decisión, y agallas, corajes, trompadas, agilidad, destrezas, saltos por los aires, arañazos, y cuantas otras mañas realizan los luchadores de verdad, para reinar en este pedazo de selva, donde él es el campeón. Dice también que usted no tiene poder de mando; que nunca podrá ponerse al frente de las cosas públicas, pues no tiene inteligencia para gobernar; que es imposible que un melenudo grandulón que esté pensando en estar durmiendo o hablando con el aire pueda dirigir a la muchedumbre faunística, exhacerbar el prurito multitudinario, encender a las grandes masas para enviarles un mensaje de consolación o de salvación más allá de la muerte; que sólo le interesa holgazanear por ahí, en sitios privados. Finalmente, dice, señor león, que usted poco ingenioso es, y como si fuera poco, que además es muy cobarde y haragán, que ni siquiera un mosquito es capaz de agarrar.--
Y así, el búho sabihondo, en la medida que notaba que Leonis iba levantando sus cejas, y los ojos se les abrían más y más, los pelos se iban poniendo de punta y la ira casi alcanzaba, continuaba diciéndole cosas terribles, dichos por el tigre. Pero a la vez Leonis pensaba que sólo era un tigrillo travieso, charlatán, juguetón hasta no más poder. De toda forma, las ideas que el búho quería inculcarle al león cuajaron; entonces utilizó su segunda táctica, que había reservado dentro de su entramada estrategia de convencer al león de su craso error. La idea finalmente cuajó; se trataba de que Leonis la sopesara. Por último el búho le dijo:
--¿Cómo es posible que usted se deje pisotear su honor?--
De repente, Leonis se para en cuatro patas y responde:
--¿El honor? Ni pensarlo; nunca jamás, nadie mancillará el honor de la dinastía Leoneza, que es una familia de nobleza, con su corona y todo; este tigrillo, en su misión charlatana ha llegado demasiado lejos.--
Y de un salto y en un santiamén, sale corriendo, en busca del tigre. Y el pájaro bobo, que observaba la escena, dijo con emoción:
--Anjá, “se le aguó la fiesta” al tigrillo, “a mí que no me cuenten”--,
y salió volando detrás del león enfurecido, que al llegar a la guarida del tigre, que en ese momento estaba mordiéndole el rabo a una vaca, le dice:
--Con que ésta tenemos, ¿no?, molestando a los demás y a la vez manchando mi honor. Usando frases sucias y despreciables contra mi “personaleonidad”, ¿eh?, basta ya, travieso tigrillo, eres un duendecillo que no me llega ni a los tobillos, aunque me agarre por el talón de aquilillo. Desde hoy habrá orden en esta selva: o te comportas como es, respetando la libertad y las vidas privadas de los demás, o te llevamos directo al paredón, para que respondas ante tal situación, o si prefieres te marcha bien lejos, donde a nadie puedas molestar.--
--Ah, entonces ¿tú eres un león?--,
le respondió el tigre.
--Sí, soy un león, ¿y qué?, ¿algún problema conmigo quieres tener y con los demás ciudadanos de la selva?--,
le respondio Leonis, con altivez y arrogancia;
--acaso crees que no cumpliré con lo que te acabo de decir, de llevarte al paredón--,
continuó diciéndole el león al tigre.
Luego de una breve pausa, el tigre, viendo que lo que le esperaba “no era paja de coco”, y sí un martirio profundo, un suplicio que sería mucho más grande que quedarse tranquilo en el transcurrir del día al no poder molestar a los animaluchos de su entorno, respondió con aprensión:
--No, no, todo está bien.
El tigre, con el rabo entre las patas, y las orejas gachas, las garras sobre su lomo, soltó a la pobre vaquilla y fue a sentarse a una silla, prometiéndole a Leonis que desde ese momento será un chiquillo ejemplar, y por demás, tranquilón.
Y “como no puede matar un tigre a sombrerazos”, Leonis decidió perdonarlo, porque sintió sinceras sus palabras y le dio chance de seguir viviendo en la comarca. Y “con pausa, pero sin prisa,” le dijo:
--Desde hoy te estaremos vigilando. Lamento que tenga que perder tu libertad de vivir tu vida privada, al menos, por un tiempo, hasta que te tranquilice; pero no nos queda otro camino que vigilarte a fin de que no moleste a los demás.--
El tigre, que triste quedó, buho más que “tres tristes tigres” juntos, respiró hondo, y en lo más hondo de su corazón, se dijo así mismo, y con mucho ardor:
--“Todo se ha perdido, menos el honor.”
“Y colorín colorao ahora sí que hemos finalizao...”
******Fin******
del libro
Fabulario:
la jaula liberada.
Verano-Otoño, 2005-.
Erase una vez…………………… Cuentos………………………. Federico Sánchez
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