sábado, 7 de noviembre de 2009

Antología de cuentos -2-

Erase una vez…………......Antología de Cuentos………….......Federico Sánchez

Continuación del libro



Al final de la escapada



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“Lágrimas para un recuerdo”


Se te hace imposible conciliar el sueño. No puedes conciliar el sueño desde aquella noche; cinco noches atrás recibiste esa mortal llamada telefónica. Sólo el recuerdo te aprisiona, distraída en el ir y venir del pasado al presente en presagio del futuro. Te impresionas, no sabes cómo pero te impresionas de hechos olvidados o casi olvidados que ahora te surgen como un rayo en zig zag o en arte birlibirloque y afloran en un relacionarse contigo y tu entorno, tus deseos y necesidades, tus sentimientos y tu futuro sin él; organizas mentalmente tu devenir y en lo que sería tu alma en pena, solitaria; organizas todo, audaz y a la vez temerosa, precisamente ahora, pensante así como estás, ahora que ya no puedes más con esa soledad tan presurosa, en premura, y más en un momento como el ahora, el aquí y ahora, cinco días después de la muerte de tu esposo que ya no sabes distinguir entre el sueño y la realidad, como esa tarde en que lo conociste, reverente, sentado frente a ti por primera vez, discutiendo, como todo un teórico de las teorías políticas, ese algo en común acerca del futuro y las tareas inmediatas de la Organización, iniciándote, entusiasta y ávida de conocimientos, en una célula revolucionaria, analizando todo un rompimiento de cabeza, de esa culminación sin parigual que debe tener la humanidad, y tú ahí, parsimoniosa, deseada después de cada reunión y tu corazón latiendo, latente, borrando toda mancha, todas las huellas que enturbiaban tus deseos y que borrados para siempre surgieron otros, Silvia, que son los que hoy, permanecen en ti, como ese de esa tarde que flotaba y flotaba en un mar de alfombras, en una ciénaga de luciérnagas, iridiscentes, apaciguadas, recuerdo dejado en una corcha-espuma de motel en el verano del 72; o cuando él te llevaba del brazo por las callejas de la ciudad colonial, aprehensivo, seguro, aquella noche impregnada, preñada por luminarias eléctricas, de nubes de otoño, empujadas por la brisa de otoño y de frente a la sonrisa de la parvulez y la esperanza, de la alegría que se nos escapa un día y regresa tan fuerte como el caobo, y recuerdas aquel día armonioso en que tímida buscabas su refugio porque no
podías soportar un regaño de tu madre, y te sentiste celosa de la soledad y te inmutaste, pero confiabas y él que cruje los dientes y te deja pasar, y te lame el cuello, te exaltas y también te exultas con toda la candidez posible y te aprisiona en unos barrotes carnívoros y no le haces resistencia, sino todo lo contrario, y te sumerges, submarino visto por un caza bombardero, gritas e intentas el intento de una escapada, inútil, te sientes querida, y culebra como eres, cuerpo de sierpe en lujuria, te retuerces, gimes con un compasioso alarde de compasión, de aventura lunar y el éxtasis se hace imposible porque vuelves al presente; y de nuevo los recuerdos de su imagen cuando lo despediste, hace un mes; entonces las lágrimas que afloran, callas, reconoces la realidad y ahora sólo te queda un montoncito de huesos irrecuperables, descarnados, como quedaron los de tu marido, rastreados por sabuesos de ocasión, husmeantes a sueldo, diletantes sicarios incompasivos, que hoy ríen de su hazaña.

-Verano, 1985-



Erase una vez..............Cuentos……………....Federico Sánchez



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El disimulador

Despierto y no abro los ojos: un murmullo de voces llega hasta mí y siento un vacío en el estómago y un calor desapacible en las mejillas, y mis piernas, entumecidas, no las puedo mover y no lo intento. Había sentido un puño gigantesco hundirse en mi estómago; otro, menos condescendiente, marcó su signo hercúleo en mi cara. Estúpido de mí, apenas alargo de nuevo los brazos, ladeo la cabeza en busca de no se qué respiro, y de pronto recibo un líquido húmedo, creo que es agua, y ya siento que me levantan, me sientan otra vez en la silla, y de inmediato alcanzo a escuchar una voz de alerta de alguien en la habitación continua, supongo que debe ser el interrogador que siempre a una señal de alguien me hunde el puño en mi débil estómago, si se le puede llamar aún así, o me teclea sus rudos cincos dedos callosos en plena cara; ahora sostengo la mirada que es mi única displicencia, mi máxima indulgencia, el orgullo del valor o de la supervivencia, pero a la vez mi única vía de comunicación que pide calma, paciencia, pues mi lengua pesada, resecada no muestra signo de impulso, de movimiento delator, esa figura jurídica que en términos para-policiales se le llama confidente y en jerga popular “chivato” o “calié”; en efecto, me aquietan, alguien me sujeta por el brazo y lo levanta, pero se resbala y vuelve y lo levanta sosteniéndolo a media asta, lo deja caer de golpe y reacciono, creo que es un método para hacerme salir de la sumersión de la inconsciencia; siento pasos de nuevos y alguien con un maletín, creo, y que veo entre siluetas o nubarrones, se acerca, me coloca un aparato que comunica los latidos de mi corazón con sus agudos oídos, acuciosos, sonríe como muestra de lealtad, pero es una aprobación de interrogatorio. Intento levantarme, zafarme de aquel sillón, no me dejan, mis fuerzas viértense apenas una lucha contra uno de sus dedos; de un tirón me devuelven al sillón, supongo que también éste siente comidilla placentera porque parece que fue diseñado para tan amarga tarea; escucho de nuevo ese agrio sonido como si saliera del estruendo de una catarata, ambos oídos, los míos por supuesto, yerguen sus cerillos incendiados por el sonido continuo que provocan esos tapa-oídos que me dieron con las palmas
de las manos y de nuevo esa voz estentórea, pintoresca, llena de agravios, con un sonido gutural ocre, broncíneo, “Quiénes, dónde y cuándo, habla maldito, degraciao”. Silencio, de mí, no de ellos, ellos rabian, golpean, sí, golpean, mis músculos se contraen, me anudan todo el cuerpo, el dolor y la insuficiencia suben a mi cabeza, bajan por la garganta, el estómago, otra vez el estómago, donde siento gusanillos retorciéndose, rasgando con sus ponzoñas los aditamentos del último bocado, que no recuerdo cuándo fue la última vez, y es entonces que la boca se me hace agua, que la lengua se me hiela, como un iceberg en su ascenso, descamando como culebrilla sus rasgos gustativos, es como si olvidara esas comidas de preso con sabor a hiel y de pronto la recuerdo con el vómito a flor de labios, pero se detiene y es ese dolor inmenso que me recorre y es ese otro golpe certero tras mi respuesta negativa. Tiemblo, mi cuerpo se inclina hacia un lado retrocedido por un boxístico upercao lateral y ascendente a una velocidad de luz solar; el dolor asoma, interminable, ubicuo, en todo el cuerpo, a un tiempo; de pronto me surge e invento, mentalmente, una estrategia, asimilada por la experiencia anterior, trato de evitar más golpes bajos. o sucios, no importa la calificación, cierro los ojos y disimulo un desmayo, desplomándome inmisericordemente hacia el suelo, disimulo mi caída para que no me sigan pegando, disimulo un desmayo; un piso húmedo me recibe, frío, duro, inclemente, pero salvador a la vez; caí en ralenti, lentamente, de una forma lateral, pero convincente. Bueno, eso creo.

Primavera, 1980-.


Erase una vez.............Cuentos…………….....Federico Sánchez




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El perseguido


Dudó varias veces antes de tocar la puerta. Sabiendo que le provocaba ese ímpetu de timidez, ese miedo que combinado con un tic nervioso lo impulsaba a mirar hacia todo lado, a espantarse con todo lo que le rodeaba, hasta de la más ignorante mujer que no supiera de su situación por la que atravesaba, Gerardo subió los tres peldaños del portal y, titubeando, tocó. Había recorrido más de doscientos kilómetros después que pudo tirarse de la guagua del presidio que lo conducía al Palacio de Justicia acusado de asalto a mano armada, cuya prueba era una pistola que nunca en su vida de militante político había tocado. Tocó con delicadeza varias veces y sintió que los dedos se le abrían y al abrirse la puerta no perdió un instante para internarse hacia el interior de la casa abrazando de paso al hombre que le abrió. Era su amigo de infancia, compueblano de una provincia norteña de la isla Santo Domingo. “Necesito permanecer unos días aquí, me persiguen” –musitó con levedad-, “he pasado cinco días y cinco noches viajando en camiones y he atravesado montes recibiendo picaduras de mosquitos”. Se había internado en los barrios de las ciudades y pueblos antes de llegar a su destino. El lugar donde se encontraba ahora lo había visitado por última vez hacía más de cinco años luego que se fuera a la capital a estudiar en la universidad estatal; comenzó sus estudios en 1971 y todavía años más tarde cursaba la carrera de Derecho con atraso, pues le dedicaba más tiempo a las actividades políticas que a los estudios. Durante la noche anterior se mantuvo de calle en calle esperando una oportunidad para asegurarse de que no irían a buscarlo donde su hermano José. Apenas con unos centavos en los bolsillos podía comprar algunos ingredientes que le permitieran permanecer de pies para sostenerse caminando hacia su pueblo natal. En más de una ocasión no pudo recordar que concibió la idea de tirarse de la guagua y salir corriendo, brincando patios, atravesando callejones, y luego tomar un carro de concho para dirigirse hacia la carretera y escaparse de la ciudad. Sentado frente a su amigo gesticulaba sus hazañas, narraba con cierta timidez, con un miedo valiente su largo recorrido. “Al llegar a esta ciudad sentí un aliento frío; si bien me sentía orgulloso por mi lucha contra el régimen, sentía un malestar, una emoción desconocida si algún conocido me reconociera, pues traía un aspecto completamente demacrado, me avergonzaría, aunque noté mucho cambio en las gentes, en los barrios; pude distinguir y reconocer que sólo el aire se mantiene inmune, y el olor y el color de la guayaba no cambia. Anoche dormí en un motel y casi no pegué los ojos de tantos ruidos que en la habitación contigua producían una pareja de enamorados. La noche se alargaba interminablemente. Cuando salí a la calle, temprano, casi de madrugada, observé que al no lograr reconocer a nadie, no tenía otro amigo a donde acudir; sólo tú atravesaba mi mente en ese instante. No me atrevía a llegar donde mi hermano José, pues los vínculos familiares son detectados fácilmente por los servicios de seguridad. Me mantuve andando durante una hora, tratando de decidirme dónde esconderme porque estaba seguro que me seguirían, tenía que esconderme donde una persona de confianza, donde un amigo que me brindara su apoyo y sólo tú me daba vuelta en la cabeza; muchos años de estar juntos me daban la razón; sé que corre peligro conmigo pero te necesito…..No, no me entregaré, la pasaré peor, la causa judicial es un ardid para hacer creer que hay democracia, no me entregaré, me quedaré un tiempo aquí, unos días, no más, y te repito no me entregaré, mejor, mejor me moriría de hambre, de arañazo en los matorrales, de cansancio, mientras corro y corro por callejones y montes, igual se sufre en la cárcel; sí, mejor es morir así, pero en libertad”.

-Verano, 1983-.




Erase una vez.............Cuentos…………….....Federico Sánchez



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“Erase una vez…”


“Erase una vez que un campesino tenía hambre y se robó una gallina”. La frase emitida por Rigoberto Wilson Sánchez –Rigo-, ágil, rápida, indolente, fue acogida sin rubor por los niños; más bien sus sonrisas a flor de labios surgieron inocentemente, acompañadas de choques de hombros entre unos y otros, en señal de alegría o felicidad, signos de triunfo al convencer a Rigo, minutos antes y envueltos entre dudas y emoción, que iniciara ya su tanda de cuentos infantiles, como todas las noches. Desde que Rigo llegó a “La Charca”, campo árido y no menos silvestre de la provincia de Azua, al Suroeste de Santo Domingo, acostumbró a estos infantes, oscilantes entre los ocho y catorce años, pardos, rubios o morenos, a contarles un cuento o más de uno, siempre al calor de la noche, todos los días, poco tiempo después que las gallinas, los pollos y los polluelos se han echado en su larga siesta, que va desde el crepúsculo, tibio y amarillo, hasta que llega un alba frío y seco, clima invariable como sucede siempre en esta región del país. “El pobre campesino”, continuó Rigo, “amaneció ese día sin un centavo en los bolsillos, en tanto la barbacoa de la cocina estaba sin víveres ni panecillos, sin ningún tipo de alimentos; se encontraba completamente pelada, como los cerros que se alcanzan a ver, sin árboles ni matorrales; esos cerros que ustedes ven por las mañanas, allá, detrás de la cañada, sin palmares ni frutos”; miró a los niños con suspicacia y atención para comprobar que habían entendido; siempre lo hacía cada vez que presentaba los hechos y las acciones de sus cuentos infantiles utilizando metáforas silvestres. Desde que Rigo llegó no hacía otra cosa que entretener a estos niños, a veces jugando a las cartas, otras echando una mano de dominó. Lo hacía de noche porque en el día, desde antes de amanecer se internaba en el monte, haciendo una trayectoria de varios kilómetros en una acostumbrada pero incierta caminata hacia el conuco de su tío Bolívar y no precisamente para trabajar la tierra, sino escondiéndose, desde el poniente hasta que cae el sol, de la fuerza policial del Servicio Secreto del régimen; pero hoy Rigo había llegado un poco más temprano, impelido, empujado misericordiosamente en virtud de una amenaza de lluvia que se cernía sobre el litoral de playa Caracoles, al extremo sur del conuco; y los niños, al ver que Rigo llegó más temprano ese día, infausto y neblinoso, comenzaron con su perorata, con una algarabía inusitada tratando de convencer a su cuentista ocasional de que les hiciera más cuentos, como ya los tenía acostumbrados, aunque no precisamente a prima noche, sino un poco más tarde, después que respira, con tranquilidad y sin espasmos, el orgulloso y magenta gallo, altivo y guapetón, a la vez patrón del ambiente, que se encarga de “arriar” las gallinas hacia los palos colgantes y los ramos bajitos de los árboles que están en el patio, y cuidando de que no se acerquen los gallitos manilos prepotentes; “Rigo sigue, sigue, qué pasó después?”. Ordena y preguntó, a un tiempo, uno de los niños, entusiasmado. “Antes de que sus hijos se levantaran”, continuó Rigo, “el campesino salió a montear a ver si conseguía por lo menos frutas o víveres silvestres”; Rigo miró de nuevo la expresión de los niños, su inocencia infantil a la espectativa, y a la vez observaba el entorno, las sombras que, desde los matorrales o detrás de las casas, salían furtivamente; trataba de detectar si eran sombras conocidas. Se acostumbró a este tipo de mirada desde que se inició en las labores revolucionarias, en la ciudad de Santo Domingo, poco después de terminar la Revolución de Abril de 1965, cuando apenas contaba con 15 años; cinco años después se encontraba en este punto lejano, agreste y árido del lejano Sur, contándole cuentos a los niños, primos y vecinos, muchas veces inventando los relatos y tratando de relacionarlos con la situación en que vivía el país, a fin de ir creándoles algún tipo de conocimiento de lo que en la sociedad en su conjunto pasaba; siempre trataba de involucrar sus acciones públicas o privadas, familiar o comercial, con el tipo de actividades política y cultural que realizaba, tanto en la universidad estatal como en los clubes culturales y deportivos, de modo que donde quiera que estaba se la arreglaba para hacer incursionar sus experiencias y crear conciencia social entre los habitantes; desde muy temprano se había iniciado en las actividades sociales; inmerso en la acción política de izquierda, estuvo militando en el grupo revolucionario “14 de Junio”, nombre puesto en honor a los héroes caídos que combatieron al dictador Trujillo, cuando desembarcaron en la isla de Santo Domingo, ese mismo día del 1959, “llegaron llenos de patriotismo, enamorados de la libertad” a combatir la dictadura, pero fueron masacrados indolentemente por la parafernalia militar del sátrapa; Rigo empezó a militar en los barrios marginales de Villa María, Villa Francisca y Villa Consuelo, en la parte alta de la ciudad capital; barrios formados y repletos de inmigrantes campesinos sin tierra de una y dos décadas atrás; principalmente Rigo incursionaba en actividades políticas a través de clubes culturales, y a nivel del Partido en una “Célula” de orientación marxista-leninista-maoísta que se esforzaba estoicamente en la concientización política de la población para que rechazaran al régimen de turno. “Caminando por los matorrales”, continuó Rigo, “el campesino se encontró con una iguana gigante, como del tamaño de un perro, que tenía sobre el lomo tres salidas puntiagudas como si fuera la configuración de una sierra para cortar los ramos; y pensando que este animal le podría hacer daño, el campesino huyó del lugar hacia la izquierda, alejándose, como si hubiera visto la muerte”. Los niños rieron a carcajadas; Rigo no supo adivinar si fue por el susto del campesino o por la forma del mimo que él gesticuló imitando la fuga del campesino, lo que hizo reír a los infantes. Recordó aquella tarde de verano cuando su hermanito menor, con ocho años, se reía a borbotones cada vez que él, Rigo, hacía el papel de un viejito, cantarín y bonachón, en uno de esos cuentos infantiles que también les contaba, allá en la ciudad capital, a sus hermanos menores y algún que otros amiguitos del barrio; incluso en plena revuelta de la Revolución de Abril, del 1965, y bajo los efectos de temor que ocasionaban los ronquidos de los aviones de guerra P-51 y los disparos dispersos y esporádicos, alrededor de Rigo se aglomeraban varios muchachos que vivían en las casas contiguas a la suya y en la parte trasera, en los patios; reunidos todos, bien apiñados en su propia casa comenzaba con una hilera de cuentos haciendo reír a todo el mundo, no tanto por el argumento del cuento, o de las palabras escogidas, o el final inesperado, sino también, y posiblemente lo más importante de todo, por los gestos teatrales, las gesticulaciones y las imitaciones de los personajes que Rigo hacía, cual actor chiflado o acrobático; en cierta forma estaba poseído por una aptitud y una gracia para hacer chistes y cuentos, cualidad que aprovechó más tarde como “teórico”, dialogante excelente en las tertulias culturales y políticas. Absorto en su pensamiento, fue sacudido por la mano de un niño, Ramoncito, que rogaba seguir con el cuento del “campesino que se robó una gallina porque él y sus hijos tenían hambre”, frase que cacofoneó el niño como si se viera en uno de ellos, los campesinos sin tierra y robadores de gallinas, ya más grande. Diligente, pero pausado, Rigoberto continuó, “Entonces el campesino atravesó montes y cerros, cruzó cañadas y riachuelos, se encaramó en palmeras en busca de cocos, y en matas gigantes tratando de alcanzar, en el cogollito, alguna fruta de mangos o aguacates, madurados antes de tiempo, sin encontrar nada de nada; siguió caminando y caminando hasta el cansancio; de repente, a lo lejo, vio una casita con una cobija de zinc que refulgía con los rayos del sol saliente, y poco a poco se fue acercando hasta encontrarse cerca; parecía una casita de pobre y no había más casas en los alrededores, que estaban llenos de matorrales y yerbas de “Guinea”, listas para un burro que se encontraba acomodado en sus hojas largas y semisecas, y también habían muchos pedregales rojizos y amarillentos; el trinar de las aves, sobrevolando el espacio del área, encantaban con sus cantos desarmoniosos y confundidos, porque eran aves de diferentes variedades, dispersas”. Frunciendo las cejas y mirándose entre sí, sorprendidos, los niños se movían inquietos e interesados. Rigo sonrió sin interés, tenía que estar atento ante dos situaciones: frente a los niños, a fin de mantenerlos alegres, y ante el ambiente, y en observación constante, atisbando a su alrededor, el lugar donde se encontraba con los imberbes, en el fondo de la casa campestre, en el patio, envuelto de matorrales y hierbas de limoncillos, y arriba en el cielo, una tormenta tropical que no terminaba de caer; con su amenaza de juego infantil como aquél de “amagar y no dar, dar sin reír, un pelliquito y a mandarse a huir”, que los mismos niños y Rigo a veces jugaban; y en ese momento él y los niños estaban debajo de un árbol gigante de Roble milenario; árbol que no cubría su espalda, pues Rigo se veía al descubierto detrás de la alambrada trasera, de modo que desde la otra calle, que está en la parte de atrás de la casa, era observado con facilidad; y en la radio de la tía Dulce, que era tía política de Rigo, trinaba, bien bajito “Luna, uuuuaaaaa, dime tú si ella me quiere, / como yo la quiero a ella, / como tan sólo se quiere una sola vez”, del trovador bachatero-bolerista sureño, y de moda en el momento, José Manuel Calderón. Pese al atractivo de esta canción, que mentalmente la tarareaba, Rigo se mantenía atento a cualquier movimiento o ruido que surcara sus oídos. Un año atrás Rigo se vio en una situación similar; de pronto se sintió atrapado en un callejón sin salidas, entre una pared alta y unos policías que les seguían los pasos después de una movilización estudiantil relámpago, una protesta que habían hecho lanzando proclamas y ucases contra el gobierno; mientras vociferaban, él observaba constantemente para detectar a tiempo si venían los policías, con sus macanas, sus escudos y sus cascos negros, y efectivamente los alcanzó a ver a cien metros, dando la voz de alarma, huyendo de inmediato, y así pudo subir una pared rápidamente en el fondo de una casa y que él había violado su espacio ante el temor de que lo atraparan y al tirarse al otro lado de la pared se encontró con un tremendo perro que inmediatamente lo vio, inició unos ladridos jocosos, en principio imperceptibles, luego ligeros y secos, hasta convertirse en ladridos feroces y violentos, alarmando y avisando a los dueños de la casa; pero el can estaba amarrado, para suerte de Rigo, quien siguió sus pasos brincando una alambrada en el extremo izquierdo del solar, hasta salir a la calle; salió “loco de contento” con una sonrisa a flor de labios al evadir a los gendarmes; “Entonces”, continuó Rigo su cuento, ya fuera del absorto que le provocó un ruido detrás de su espalda, “el campesino se acercó y chequeó, a través de la alambrada de púas, que en el fondo de la vivienda habían unos corrales de aves caseras, y de cabras y de cerdos, pero no vio ninguna persona, pues las gentes de la casa todavía no se habían levantado”. “Estaban durmiendo, ¿verdad Rigo?”, preguntó inocentemente Julito, uno de los infantiles; Rigo acertó con la cabeza, la palma de su mano la acercó a la frente, deslizando y rozando su pelo largo y bermejo, del más pequeño e inquieto del grupo, Juvenal, que estaba a su izquierda, pidiendo que se tranquilizara, para él proseguir; alerta, el niño ladeó la cabeza de arriba abajo en señal de aprobación, girando como un fuinfuán su pelo de ovejo amarillo. La noche avanzaba, se hacía densa y pesada. El resol polvoroso de la tarde aún no se disipaba con su olor a calor circulante. A lo lejo se escuchaban murmullos del vecindario campestre, en sinfonía difusa y ligera, y la brisa pasajera, estacionaria, no transportaba los gorjeos de los niños, sino que los dejaba alrededor del patio; de fondo musical, el trovador Calderón seguía con su llanto a la luna, “tú que eres como ninguna, / que de noche nos alumbra / juntito con las estrellas / escuchando mi canción”. Rigo recordó, en ese momento, que una noche, mientras dormitaba en la habitación de un familiar, llegó la fuerza del orden para apresarlo y tuvo que salir huyendo como alma sin penas, atravesando callejones y patios de las casas de maderas ya derruidas y descascaradas, llenas de volutas de pintura envejecidas; lo acusaban de participar en el asalto a un Cabo de la milicia, a quien le “robaron” su arma de reglamento, su licencia y dos o tres centavos, exagerándose la cantidad, que llevaba consigo. Eso pasó un atardecer cuando el militar transitaba, inquieto y desapaciblemente, por el barrio, visitando una querida. Dijeron que los asaltantes eran dos, y uno se parecía mucho a Rigo. Desde ese momento Rigoberto tenía que ocultarse entre familiares y amigos. Cuando se arreció demasiado la búsqueda y estando en un momento de ser apresado, esa noche en que brincó empalizadas y arrasó con patios desyerbados y no menos yertos, se tomó la decisión, de él, la familia y la Organización, de esconderse en el campo, hasta que los ánimos de búsqueda pasaran. Un mes después de la llegada de Rigo al campo ocurrió algo inaudito, y era para asustarse a la vez; Rigo salió de su habitación de la casita del campo a recoger una pelota que se les había escapado a unos niños que jugaban en el frente de la casa campestre; su intención era tirársela, pero salió en paños menores, en pantaloncillo; casualmente un policía que vigilaba la zona del pueblo charquero pasaba por el lugar y lo detuvo. Lo llevaron al cuartel del pueblo, estuvo detenido por varias horas, pero la intervención del abuelo materno de Rigo, Julio María Mato, señor respetado y con cierta influencia económica, producto de sus diminutas tierras labrantías, permitió que lo despacharan. Los familiares, tanto del campo como de la ciudad capital, habían pensado lo peor, que lo detuvieron por la acusación que le tenían en la ciudad. Falsa alarma, todo continuó en la misma rutina, de madrugada para el conuco, en la noche haciendo cuentos infantiles. Todo normal. En tanto los niños esperan la continuación de Rigo, sigue el trino musical que se escucha ya repetitivo en la voz del trovador charquero… “mi canción que es como un grito, / que le pide al cielo, / ese sueño que !pobre del pobre¡ no puede alcanzar”. Viendo que están atentos, Rigo sigue su relato campestre: “El campesino bajó y levantó a la vez los alambres de púas y decidió penetrar, avanzó hasta el fondo de la barraca calcomida y envejecida y vio dos o tres gallinas ponedoras ‘echadas’, que tenían debajo del vientre suave, unos emplumados y tibios huevos, varios recién ‘puestos’. Las gallinas levantaban el pico, y hacían sonidos confusos, como si sospecharan algo no muy bueno;” “Qué es confuso?” preguntó el imberbe Juvenal; “que no se sabe bien qué es, si es que las gallinas cacareaban bajito de alegría, creyendo que les llevaban comida, o si es de susto o de alerta para que no les quitasen sus huevos”, respondió Rigo. “Era que estaban asutá”, dijo Ico, el más pequeño de los vástagos. “Puede ser”, respondió. Rigoberto volvió a recordar el susto que pasó otra noche en que llegó la policía a buscarlo mientras dormía en la casa de un primo, en la ciudad capital; el sobresalto no fue pequeño; al aviso del primo, dio un salto enorme de la cama; como siempre dormía en piyama, así mismo salió por la puerta trasera, logrando escaparse, atravesando callejones del vecindario. “Y el campesino también etaba asutao”, preguntó alguien, sacudiendo los pensamientos de Rigo que de súbito lo vuelven a la realidad; “sí, lo estaba”. Silencio. Todos a la expectativa. Los niños esperan que continúe, pero el cuentista se distrae, se abstrae de la realidad y se sumerge en sus pensamientos. Cavila. De nuevo retoma la realidad presente; “sin hacer ninguna bullita, comenzó a acariciar a una de las gallinas, que de inmediato inició un cacareo suave y bajito: cococococoreeeeco, que fue alertando a las demás gallinas”; continuaba el cuentista; cuando iba a seguir, de repente pasos entrecruzados lo alertan nueva vez; Rigo se pone nervioso, escucha algo, pero no ve a nadie; detrás del matorral surgen sombras, o se mueve una rama; los niños, estupefactos, también miran hacia las direcciones en que Rigo dirige sus ojos, no saben qué observa su héroe; el silencio se aquieta en tanto pasan nubes oscuras que se emblanquecen debajos de la luna, que hoy está “como ninguna”; “¿son ramas movidas por el viento o son gentes?”, piensa Rigo; los niños siguen a la expectativa, esperando que su cuentista favorito, bonachón y saltarín, a un tiempo, continúe, pero éste hace pausas, entre momentos de dudas y
estrategias dilatorias, para hacer más importante el relato, y así poder observar el entorno, tratando de que no lo “cojan asando batatas” o “haciendo cuentos”; observar los alrededores se convirtió, para Rigo, en una paranoia mecánica; en cualquier lugar que estuviera, en cualquier momento y hora, siempre espiaba en sus alrededores, a las personas circundantes, por muy inocente o aprensivas que parecieran; “Entonces fue levantando una gallina lentamente, le agarró el pico, la metió en una funda plástica que alcanzó del gallinero, y corrió hacia la salida; pero cuando trataba de cruzar la alambrada alguien voceó ‘un ladrón de gallina, un ladrón’, y en ese momento el campesino se espanta, tiembla, no sabe qué hacer, casi se muere del susto”. Mientras los niños reían a carcajadas de los gestos, ademanes y payasadas que había hecho el cuentista imitando la situación del campesino, Rigo vigilaba, siempre atento a su entorno, siempre alerta ante cualquier movimiento o ruido imperceptible, por la lejanía o por su silente sonoridad; tenía un ojo avizor en su espalda y otro en el frente, sin dejar de vistillar los lados y el fondo de la casa y el frente o la entrada que va desde la calle hacia el patio, directo al lugar donde se encontraba con los niños, que en ese momento se veían inocentes y felices; se alertó de nuevo, tanto silencio no podía ser posible; cuando intentó de nuevo continuar con el cuento, de sorpresa, fue rodeado por cuatro hombres vestidos de civil, pero identificándose como policías; automáticamente fue apresado; el espanto sufrido por los niños (Juvenal con gritos confusos y entrecortados, Ramoncito, con hipos consecutivos en tamborileos confusos, Julito, con los ojos azorados, brotándoseles de la órbita cejijunta y sin poder emitir gorjeos, Sito, gaguiando, con correteos confusos en busca de la tía Dulce, que en ese momento no estaba muy dulciferina, Ico, con espasmos y humedeciéndoseles los ojos brillosos, ante tal improvisado acontecimiento…), fue histérico; nunca habían presenciado tal aparataje; algunos de los niños, Juvenal y Luís de primeros, huyeron hacia la casa, otros fueron auxiliados por los padres que se mantenían en silencio esperando el resultado de la acción policial, pero a la vez amenazados por otros tres hombres fuertemente armados, que los habían conminados, presionados a mantenerse quietos. Rigo fue conducido a la parte delantera de la casa, cabizbajo, entristecido, no tanto porque se sentía inocente, sino más bien porque dejaba a los niños sin un cuentista que los entretuviera todas las noches, bajo la luna grande y silvestre, y más aún que esa noche sólo había iniciado un solo cuento y todavía inconcluso. Cuando lo iban a entrar al vehículo, esposado, uno de los niños, curioso, se le acercó y le preguntó “Rigo, y qué le pasó al campesino que se robó la gallina”, la respuesta fue seca, tajante, melancólica: “Llegó la policía y se lo llevaron preso”.

-Verano del 2001-.

Erase una vez…….........Cuentos………………....Federico Sánchez




-9-



Mi “Guardián” favorito…


A Leonardo Mercedes,
primer alto dirigente de izquierda
que conocí de cerca,
en los recodos de la UASD,
siendo yo un imberbe,
cuando afloraban mis 16 años.

A Rommel Santos,
con quien he tenido, también,
experiencia cuasi parecida.


Bastó tan sólo, aproximadamente, unas seis horas encerrados en la misma celda para romper y liberar una enemistad de cuatro años. Ese fue un día que debo de estamparlo, escribirlo; me urge, es un imperativo, casi una necesidad o una obligación, y más que todo, un deseo; y aquí, ahora, donde me encuentro, en este escritorio envejecido por la verde lama del tiempo y las polillas ocultas, aprisionado en la nostalgia del pasado inmediato, es pertinente la ocasión para registrarlo, salvarlo de la memoria para que me permita comparar la diferencia de dos épocas transcurridas en forma consecutiva, y quizás quienes lean algún día, podrán enfrentar los elementos disímiles del pensamiento, de la conducta, de la actitud, de quienes vivíamos en otros tiempos, aún cercanos, siendo jóvenes, y los que viven ahora, aprisionados por una mente metalizada, por la cultura de la corrupción, que es una decepción miserable, cuando pensábamos que a estas alturas del tiempo, y que cambiando la dirección del tren de la administración pública íbamos a tener una vida más digna, más participativa económicamente hablando, más social y menos individualista, o egoísta, sin una mente que todo lo distorsiona por ese afán de lucro desmesurado, modernista, de obtener las cosas fáciles, sin esfuerzo y apasionado de la vanidad, del lujo suntuoso e innecesario para vivir en estabilidad emocional, y de esa adoración de las cosas, del consumo, olvidándose del enriquecimiento espiritual, del intelecto, aferrado a esa ideología de lo barato, de la orgía corporal y a la vez sin un criterio de calidad, que en sentido general distorsiona la realidad humana y su misión de amor, que es lo principal en este mundo que nos han dejado como una arena movediza del universo y que deberíamos abrigar con mayor sentimiento sano. Bueno, el asunto es que Fernando y yo vivíamos en el mismo barrio, Villa María, en la calle Juana Saltitopa con calle 11, que años después esta última cambiaría por el nombre del poeta Osvaldo Bazil, al norte de Santo Domingo, la ciudad capital; siendo aún niños, ocho, nueve, diez años, sólo nos preocupábamos por ir a la escuela y después jugar; jugábamos a la canica o bolitas, teniendo como cabeza de juego a nuestro “Bon”, que era la más grande del grupo de bolas, que eran de cristal límpido e irisado, y otras veces de porcelana, y que poseíamos como cosas importantes, y al “Bon” lo alabábamos grandilocuentemente, como si fuera un cañón, cuando decíamos, al tirarles a las demás canicas, “Por lo que coja mi Bon culebrón”, y a las bolitas más chiquitas las llamábamos cariñosamente “Fifí”, no recuerdo por qué, pero eran simpáticas y cambiábamos dos por una grande; también jugábamos al “Escondido” o al “Topao”, o al “Jarrito” o “Pisacolá”. Ahora recuerdo que una noche, llena de inocencia y a la vez ignorante de nuestro entorno, y sin pensar en la incertidumbre del futuro inmediato, Fernando pudo liberar a todos los muchachos que estábamos jugando a “Pisacolá”; el Guardián era Sito, que tenía que cuidar del jarrito para que nadie lo pateara; después que todo el mundo se escondió, detrás de carros, de carretillas con “cajebolas” viejas, en las casuchas, en los callejones estrechos y oscuros, matizados por el peso de la noche, Sito salía a buscar a los que estaban escondidos, sin alejarse demasiado del jarrito, que fue situado, colocado debajo de un enorme y delgaducho poste de luz de madera, creo que de Cedro; en la medida que Sito iba descubriendo a cada uno de los muchachos, de inmediato corría hacia el jarrito y decía, dando dos o tres golpecitos sobre el borde de la acera peatonal, “Una, dos, tres pisacolá para Polo que está detrás de la camioneta del papá de Faelo;” entonces, triste, Polo, automáticamente, quedaba preso, tenía que pararse detrás del jarrito, hasta que viniera otro compañero, furtivamente, y pateara al jarrito, quedando los apresados en libertad, y de nuevo Sito tendría que iniciar las búsquedas de los muchachos. En momento en que todos los participantes estaban detenidos: Polo, Lalán, Moreno, Celso, Tingo, Flash, Ramón, yo mismo, entre otros, furtivamente y por la parte trasera, y después de haber hecho un recorrido por los callejones, habiéndose subido por una de las casas que estaban detrás del poste de luz, donde se encontraban los muchachos presos, apareció Fernando, sigilosamente, y le dio una patada al jarrito que se elevó cinco o seis pies por el aire, cayendo a unos diez o doce metros, al otro lado de la calle, liberando de inmediato a todos los muchachos, que, en vez de irse a esconderse nueva vez, decidieron, embrollados todos, en un solo núcleo, como un bollo de hilo, levantar a Fernando como todo un héroe por habernos salvado de la “prisión”; automáticamente se acabó el juego ahí mismo, pues la celebración era en grande, los mismos vecinos, ya adultos que presenciaban el juego, emocionados, reían y aplaudían; las reglas del juego “Pisacolá” establecían, después que es apresado el penúltimo de los jugadores escondidos, que si el último tardaba más de cinco minutos sin aparecer, y enfrentarse al Guardián hasta patear, o no, el jarrito, en tanto el Guardián lo impediría, de inmediato quedaba el juego cerrado, ganando el Guardián del jarrito; y faltando apenas segundos, que cada minuto, uno u otro de los muchachos ya “presos”, voceaban “Fernando faltan tres minutos…” y luego otro voceaba: “Dos minutos….. 50 segundos…”, y así sucesivamente, hasta que surge la repentina y sorpresiva aparición de Fernando, logrando su lauro al patear el jarrito, que en esa ocasión era el recipiente o continente de un jugo de naranja, si mal no recuerdo. Esa noche, ya cerca de las diez (con una noche que se hacía cada vez más oscura y tenebrosa y con una música de fondo y versos de cánticos emotivos, gorjeados por Alberto Vásquez en una de las canciones favoritas de Tingo, quien también tarareaba: “Rumbo al sol, / rumbo al sol, / te llevaría, mi amor, / feliz te haría con pasión”, que salían de la casa de Doña Fefa, como siempre), Fernando se cubrió de gloria, y yo, inmerso en el grupo le di un fuerte apretón de mano, lleno de afecto y sinceridad. Luego, cuando nos asomamos más o menos a los doce años, él y yo sostuvimos un pleito callejero por una simple tontería que ni siquiera quiero acordarme; creo que fue en un juego de barajas, jugando a la “21”, o al “Robao” o “Casino”, o algo así, en tanto uno de los dos, se disgustó por una mala jugada o distorsionada, no recuerdo quién cometió el desliz, y el resultado fue enfrascarnos a golpes; primero me soltó un manoplaso que tan sólo me rozó la mejilla izquierda, en cambio yo respondí con un upercaut derecho en su bajo vientre, y de inmediato nos fuimos de “bruces”, quiero decir que nos abrazamos tratando de uno tumbar al otro al suelo, misión que logramos, cayendo los dos al mismo tiempo, pero de lados, en medio de la calle, sobre un asfaltado fino que tenía no menos de dos meses de echado, y para desgracia de él, yo caí sobre mi hombro derecho, lo que me permitió sacar fuerza, ágil e inaudita, y voltearlo de inmediato, quedando él aplastado hacia el suelo; formamos una pirámide, él la base, un tanto frágil, yo la columna, elevándose inmensurable hacia el cielo. Como yo quedé arriba, sentándome en un santiamén sobre su vientre, desde esa ventajosa posición logré “arremangarle” dos o tres trompadas en pleno rostro antes de que los compañeros nos separaran, logrando una victoria para mí insignificante y a la vez misericordiosa, que nos costó la enemistad. Desde entonces nuestras miradas eran de soslayo y se perdían hacia otros lugares. Luego mis padres se mudaron hacia el lado Oeste del barrio, en la calle José Martí, perdiéndonos de vista. Nuestros años escolares posteriores siguieron rumbos distintos (aunque en ningún momento “Rumbo al sol”), pero no distantes en el aspecto ideológico; pues sin saberlo, ni uno ni otro, habíamos caído en la misma Organización: los Comandos Revolucionarios Camilo Torres (CORECATO). Hasta que nos encontramos de nuevo en una situación si bien difícil para ambos, a la vez fue un poco placentera; ese día, un día cualquiera de 1970, pero un día significativo para el país, la izquierda revolucionaria llamó a la juventud “progresista y democrática” a una marcha obrero-estudiantil para recordar a los héroes de la Revolución de Abril de 1965; los estudiantes de liceos y escuelas públicas decidieron unirse al llamado, reuniéndonos en la Puerta de El Conde, en la Ciudad Colonial; la concentración fue aumentando poco a poco, in crescendo, entremezclándose estudiantes, dirigentes obreros, políticos de izquierda y centro izquierda, siendo acorralados, apresados una gran mayoría por la Policía Contra Motines, los “cascos blancos”. Transcurría las diez de la mañana. Casualmente yo y Fernando, mi ex – amigo (amigo de infancia, y quien a mí y a los muchachos del barrio nos había liberado de la prisión de El Guardián del jarrito, en el juego infantil “Pisacolá”, seis o siete años atrás), fuimos apresados en distintos lugares de la ciudad; él, cuando una marcha de estudiantes se dirigía hacia la Puerta de El Conde; yo, en el mismo lugar de concentración, mientras proliferaba consignas contra “el estado de cosas, la corrupción administrativa y la represión política”; yo había llegado a la Puerta de El Conde hacía no más de quince a veinte minutos; de repente me vi forzado o más bien me forzaron a entrar, tras un empujón indolente y con una palmada privadora en la espalda, a una guagua “Celular”, una “Perrera” como también le llamábamos, donde me apiñaron, como corderos al matadero, con otros compañeros ya “Cogidos por la Guardia de Mon”, dirigida por el Sargento “Mazámbula”, quien cumplía su deber policial de no permitir la “alteración del orden público y la paz social”. Cientos de estudiantes fueron apresados; casualmente Fernando y yo “caímos” en la misma celda, oblonga y semi oscura, y atiborrada de compañeros, ubicada precisamente en la tercera planta del Palacio de la Policía Nacional. La misma causa, común en un doble sentido, como co-participantes de una actividad y como co-miembros de la misma organización política, y que desconocíamos uno y otro, nos fue acercando hasta que descubrimos, mediante un diálogo, ligero, que pertenecíamos al mismo Partido. Desde entonces nuestros lazos de unión, la del amigo de la infancia, la del compañero político, fueron más fuertes, y más comprometidos con la “causa social”. Al correr de las horas de ese día en que nos vimos juntos bajos las “ergástulas” del régimen y en circunstancia “sui generis”, y luego de cuatro o cinco años de no habernos visto, y ya próximo a la caída del sol, siendo nosotros aún dos menores de edad (17 años, ambos), y por cierta influencia externa que tenían familiares de mi amigo y compañero ocasional de celda, y después que escuchamos nuestros nombres, pronunciados acremente por un vigía que se pasó el día entero vigilándonos, delante de las rejas que nos aprisionaba, pudimos salir, hacia las cinco de la tarde del mismo día, liberándome mi amigo (o su familia), de nuevo, de las garras de “El Guardián”, pero esta vez un Guardián sumamente enojoso, indolente y agraz, que precisamente no se ocupaba de vigilar un jarrito para evitar que lo patearan los muchachos, los jugadores infantiles contrarios, sino un Guardián del “Sistema social imperante”.

-Verano, 1986-.


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-10-



El actor “encantado”


Los “volantes mariposas” revoloteaban en el aire, ágiles, sinuosamente. Eran liberos o pasquines, escritos en papel “Bon 16” o papel periódico blancuzco o de cáscara de huevo, y contenían injurias e improperios contra el gobierno. La policía llegó en el acto al acto de reunión de la muchedumbre estudiantil, perteneciente a diferentes liceos y escuelas públicas, que organizaban encuentros fugaces que se convirtieron en característica “sine qua non” e indistinguible de las décadas de los 60s’ y 70s’; al parecer los organizaban una o dos veces a la semana en diferentes lugares de la ciudad de Santo Domingo; lugares escogidos estratégicamente, en donde se lanzarían los volantes, pidiendo “reinvindicaciones sociales” y exigiendo el “cese a la represión política, mayor libertad y democracia”. Varios de los participantes fueron apresados en el momento en que palmoteaban y vociferaban a través de un altoparlante una frase que se hizo famosa para la época: “U-ni-dad de a-cción con-tra Ba-lag…”; de pronto una Unidad de Acción contra motines llegó, con un aparataje increíble, sonaron algunos disparos por el aire impidiendo terminar la frase. Fueron perseguidos, algunos maltratados, otros se escondieron en los callejones y patios adyacentes. Astutamente, Juan López, que era estudiante de arte dramático en la escuela de Bellas Artes, utilizó el ardid de cambiar su personalidad, como si ya antes había estudiado esa posibilidad, por un personaje de teatro. Se acordó, en el momento en que estaba acorralado, que lo iban a apresar, de un personaje que había hecho en las tablas teatrales, un año atrás, y que lo interpretó con el grupo de teatro “Undergroun”, que se presentaba en las bocacalles de las esquinas de los barrios marginales. Cuando uno de los policías lo alcanza a ver, acodado detrás de un carro que estaba en una marquesina cerca del lugar del encuentro político, tan campante y sonante como “Juancito EL Caminador”, Juan automáticamente se transforma y se convierte en un “marica”, un homosexual inimaginario, deteniéndolo en el acto, parándolo en seco, al Sargento, que ya iba sobre él; el policía lo mira con cierta rareza, y Juan, con ojos azorados, picarones e inciertos, gesticula y se mueve con ciertos ademanes afeminados; le pregunta que “qué está pasando que hay tantos chicos corriendo aquí y allá”, y el Sargento, con gesto de rabia y apresurado, responde “y usted no ve !coño! que están tirando volante contra el gobierno, eh..”. Juan sigue con sus ademanes imperiales teatralizados, tratando de confundir al policía; “Eres uno de ellos?”, pregunta el policía, “Quién?, yo, unjú….”, este último es Juan que le responde, con gestos entrecortados pero firmes y agudizando los matices vocálicos, afinándolos, tratando de confundir al gendarme.. “Ay no, qué va, estaré yo loca…” terminando la frase con cierta seguridad, pero en su interior temblaba; se impulsa hacia abajo en gesto de recoger algo en el suelo, precisamente un volante, al querer leerlo inocentemente, lo observa rápidamente, hace un ademán de rechazo y con un dejo de no importarle el contenido, ladea los labios en forma de mueca, pica los ojos y se vira de lado, con una pose más afeminada aún, siendo observado de perfil por el policía, quien a veces gira la cabeza en busca visual de algunos de los revoltosos. Nueva vez el Sargento, que se queda contemplándolo con una duda incierta en su pensamiento, pero con un rito risual entre sus labios, entre rabia e inseguridad, le dice: “Si no vive por aquí debe irse de inmediato, porque…”, y antes de terminar la frase, de pronto oye el chasquido bilabial de Juan que le dice: “Chao”; el Sargento, perplejo, confuso, lo ve que sale caminando con pasos entrecortados, evadiéndolo, con unos pasitos cuasi femeninos, pero muy perfectos, y como si quisiera volar, como una mariposa nocturna. Sin mirar hacia atrás, evitando que lo llamen; Juan sonríe hacia adentro, pero con el corazón trepidante, salvando el pellejo milagrosamente……..

-Enero, 1988-.



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-11-


Las fotos que nos dejaron perplejo…


La madre sentió que se le caía el cielo encima. No entendía cómo podían calificar a su hijo de “forajido”, si era un luchador de la libertad; con los ojos llorosos, y una melancolía indescriptible; no se cansa de explicarse el cinismo y la alevosía del contenido noticioso, escrito despachado y presentado, junto con unas fotos, por las autoridades militares. De las fotografías mostradas por el parte policial, hay una con un pie de foto que dice: “Santo Domingo, 14 de marzo de 1973; Así yacen los cadáveres ultimados a balazos por la policía de Servicios Secretos, que fuera sorprendida por estos forajidos caídos; pero la destreza, agilidad (patadas, saltos por los aires,…debería agregársele) y la preparación e inteligencia de los policías, impidió que fueran éstos las víctimas.” En otra foto del mismo acto se deja leer al pie: “Semi oculto, y detrás de un cadáver de los delincuentes, del que está en primer plano, se nota otra víctima, con el rostro hacia el fotógrafo, con los dos brazos dirigidos hacia la espalda, parecería que tiene unos grillos (esposas) puestos en las manos; bueno, pero no es lo que se imaginan, sencillamente murió con los brazos atravesados, tal como eran sus pensamientos, aborrecibles, inhumanos, diabólicos; y en nombre de Dios y la democracia hemos salvado la nación de un grupo de extremistas que infrigieron las leyes y socavaron la paz ciudadana; sólo hemos defendido los valores de la Nación y la justicia social”.

-1983-.



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-12-


Soliloquio de un Bebé


A Gorki, mi primogénito

Ese que dicen que es mi Papi me besuquea como si yo fuera una niña; cosa que no me gusta mucho. Ni que yo fuera tan delicado para que me confunda; prefiero a mi Tía Hortensia, la hermana de Mami, que sí sabe lo que es delicadeza; ella dice que soy el “Bebé más bello del mundo”, y no deja de tener razón; pero qué será eso de mundo; ojalá sea una cosa bonita, porque así sabré que en verdad soy más bonito que otra cosa bonita, porque si es algo así como una bola que rueda y rueda y se lleva por delante las cosas bellas, apropiándose de todo, atropellando a la gente, creando confusión, y sometiéndonos a un intenso calor, y a la miseria, o llevándonos a un confín de injusticia y guerra, entonces no me gustaría que me compararan con el mundo; recuerdo hace seis meses, cuando nací, que al abrir los ojos lancé un grito del susto; fue un horror, al ver tantas cosas raras a mi alrededor, algunas feísimas; bueno, ahora ya no los son porque se han hechos familiares, pero son tan diferentes al lugar donde yo estaba, apacible, calientito, un poco estrecho, pero acogedor, que me protegía de esa atmósfera tan candente y rarificada que hay aquí afuera, en el mundo como dice Tía; lo que más extraño es esa materia líquida que me cubría todo el cuerpo, que me mantenía tan sedoso, suave, y siempre limpio; digo limpio porque ahora no sé por qué a cada rato siento algo que me cubre el cuerpo de la cintura hacia abajo, y a veces alrededor de mi boca, y que antes no sentía cuando estaba recostado de la pared cartilaginosa de Madre; ahora no me queda más remedio que cerrar la nariz con las puntas de mis dedos; es como si acá afuera todo estuviera infectado, porque antes yo escuchaba un sonido susurrante, creo que eran los latidos de Mami y el arrullo de su voz cantando una melodiosa canción (“Por qué llora la tarde su llanto y entristece el camino”), ahora sólo escucho el cuchi cuchi de mi Tía y de mi Abuela y unos sonidos rarísimos, como una jerigonza que no sé lo que significan, pero lo peor es que esos sonidos a veces son tan fétidos que cierro
los ojos y veo imágenes de los pañales que me ponen; parece que es una semejanza de lo que huelo; bueno creo que no debo ser tan mal agradecido, pues me tratan como al Rey Midas; creo que soy el centro de atención de toda la casa; por ahí andan unos niños y unas niñas que dicen que son mis parientes, primos hermanos, primos segundos, que siempre andan llorando dizque porque no les dan todos los gustos; si mal no recuerdo yo sólo he llorado una vez (“…por qué llora teniendo belleza del sol y la flor”), y fue cuando salí o me sacaron de mi paraíso, y no lloré, no porque me sentí extraño o porque me desprendieron del lado de mi Mami, no, fue porque ese tipo con vestido de verde y blanco me dio tremenda nalgada, que todavía siento el ardor; yo creo que fue que lo ensucié o lo mordí sin darme cuenta; lo cierto es que no sé por qué me pegaron, como si yo hubiera hecho una travesura; digo esto porque he observado que a los niños les pegan, a algunos muy fuerte, cada vez que hacen una travesura, y pensar que hay otros métodos para castigar a los que hacen travesuras, sólo estamos reclamando un derecho que nos corresponde, el derecho a ser un niño feliz., jajá, jajá, cómo gozo con mi propia ironía. Ahora oigo a mi Papi quejándose de lo que sucede allá afuera, lo que ellos llaman el mundo, no sé exactamente qué es, pero él dice que “La vida está muy dura y que no entiende para qué ha habido un cambio de gobierno si la cosa sigue igual, por lo menos en la situación económica, que no ve diferencia entre el año en que estamos”, creo que dijo “1978 y dos o tres años atrás, y que la guerra entre las naciones civilizadas va acabar con el mundo”; por eso no me gusta que me comparen con el mundo; también dice mi Papi “que ya no es como antes que había respecto, que los valores humanos están por el suelo”; serán los valores humanos piedras, o juguetes, de esos juguetes que mi Tío Juan me trajo hace unos días, que cada vez que me los dan !cuchuplum! se caen y no salen del suelo. Pues sí, nunca entendí por qué me dieron esa nalgada, a lo mejor fue para tranquilizarme porque me veía asustado; será porque me veían raro, como infectado por algún virus acuoso; debe ser, porque tan pronto me pegaron me envolvieron en una toalla, o sería para que no me contaminara de esa enfermedad que mi Abuelo materno le llama “el virus de la sinrazon”, pues así decía él cada vez que se refería a los políticos; dice el abuelo que “sólo piensan en sí mismos, que dicen una cosa hoy y mañana otra, hablan con el corazón, y de la boca para afuera hacen otra cosa; y también se encierran en sus intereses personales, y siempre creen que tienen la razón, y que el otro, los demás son irracionales”; bueno no entiendo aún ese teorema, pero ni modo, qué le voy a hacer, aunque debo comprender mejor, y tratar de ser todo lo contrario, un bebecito bueno, para que mi Abuelo no me meta en el mismo saco del “virus de la sinrazón”, que corroe al mundo, aún yo sea más bonito que el mundo. ¡Qué bueno! acaba de llegar lo más preciado de esta casa, claro después de mí, mi Mami; se ve tan linda con esos cachetes rosados, y ese peinado dizque al estilo de Sonia Silvestre, dizque para verse como una artista (“Por qué llora la tarde sabiendo que existe otro día, y alegría, después de tormenta y días de sol”), aunque no me gusta esos faldones que se pone siguiendo esa moda tan vieja; a mi Papi tampoco le gusta, reviviendo un tiempo pasado que ya no se sabe si fue buena o mala; también se ve bella cuando canta (“Por qué llora la tarde en el río salpicando su lecho…”) o está cerca de mi Papi que no sé qué le hace éste para que se ponga así; pero no me gusta esa cosa roja que se pone en la boca; suerte que para besarme se lo quita con servilleta, y viene hacia mí, “mi criatura perfecta, mi talismán, mi tesoro, mi amorcito corazón”, son palabras de ella, eh, que se sepa, refiriéndose a mí, y siempre viene con una sonrisa a flor de labios, “cómo está la cosa más preciosa de mami”, esa es mi mami, y la cosa ésa que dice que es preciosa, soy yo, je, je, je, je. !Oh, también llega mi tía linda, la que me compara con el mundo; no sé cuál de los mundos, si es el que dice mi papi no me gusta, pero total, la tía sabe lo que hace y dice; lo que no me gusta de ella es ese sudor que trae de allá fuera y viene ¡cutuplán! me lo pega en la frente, en mis brazos tiernos y delicaditos, pero luego, al cabo de un rato, viene fresquecita y me recoge, me aprieta, me mima, me levanta, me pega sus cachetes en la barriga y en la nalga, me clava sus dientes tiernos, blancoperlas, ah! eso sí, suavísimo, eh, con tanta terneza que siento un coquilleo que me va erizando todo el cuerpo, bueno, eso creo, “cuando comiences a caminar te compraré un velocípedo para que recorras todo el pasillo y la sala-comedor y todo el patio”, dice ella, y quién le dijo a tía que yo quiero crecer, con lo bien que me siento así, siendo la cosa más bella del mundo, y con tanta cosas raras que pasan, allá fuera, en ese otro mundo de papi, ay no, qué va, “y yo muchos carritos para que juegue a la carrera”, esa es madre que agrega, como si yo quisiera ser un viajero del oeste en constante peligro, y la tía sugiere que “mejor un cochecito para pasearlo todas las tardes por el parque y cantarle canciones bonitas bajo los árboles” (…”por qué llora gritándole al viento angustia y dolor, y la tarde ya sabe que tu ser se llevó mi cariño”); mami ya no me da el seno como antes, que me daba leche todo el día, cuando no iba al trabajo, ahora sólo lo hace antes de irse y cuando llega del trabajo; por qué se inventaron que la mujer tenía que trabajar, en vez de amamantarme todo el día; dice padre que eso es producto de la liberación femenina; no entiendo qué quiere decir, pero él asegura que con la liberación femenina la mujer ha salido perjudicada y no beneficiada; no entiendo, “Antes, la mujer”, ese es mi papi hablando, “hacía oficio, cuidaba los niños y atendía al esposo; luego de la liberación, también hace todo eso, y además tiene que estudiar, y trabajar, aportar dinero para los gastos, y si llega cansada a la casa, si no hace los menesteres del hogar, el hombre se pone celoso, sobre todo si no lo atiende a él, y piensa que ella está en otra cosa” (…”y comprendo que también la tarde solloza de amor”)…. Sigo sin entender, porque si “está en otra cosa”, entonces es bueno, porque si yo soy la cosa más bonita del mundo, según las sabias palabras de mi más estimada y querida tía, entonces debe ser que las cosas son bonitas, una más que otra, como mi caso, que soy la cosa más bonita del mundo, entonces (ahí vengo con un “silogismo imperfecto,” como diría el abuelo), si mi mami está en otra cosa es porque está en una cosa bonita y buena, como yo, je, je. Dice mi tío, que eso de la liberación femenina es “una pendejada, puro libertinaje”, y le aseguro que no entiendo la diferencia entre liberación y libertinaje, que alguien me ayude; bueno mejor lo dejo así, porque ahí viene la reina de este príncipe a traerle su cena, puré de papa a la mayonesa, y a mi papi le trae lo que más le gusta, espaguetada a la milanesa, que según él es un plato especial en “tiempo de crisis”; ni idea tengo de lo que es, sólo veo unos hilos gruesos, largos que se los va tragando, atragantándose, y ensuciándose la boca y “el hocico”, como dice mi Abuela, “va a engordar demasiado y no te servirá la ropa,” repite insistente, como si la ropa no hay que cambiarla siempre, porque se ensucia y se pone vieja, sin embargo ella es vieja y nadie la ha cambiado, pero porque es “la cosa más dulce del mundo”, yo soy la cosa más bonita, y ella la más dulce, eso dice tía, a lo mejor es para no echarnos a pelear, como esos hombres que veo por la tevé, cuando papi la enciende, que tienen unas cosas raras en las manos, como un globo que abre y cierra, y comienzan a pelear kituplum, plum, plamk, dándose golpes y un réferi ahí, en el medio, separándolos, pero luego los echa a pelear de nuevo, como unos gallos que vi hace días, cuando me llevaron al campo; ah, el campo, “tan fragante y risueño” (son palabras del Abuelo) que siento, viendo tantos matorrales y arroyuelos y aves trinando, como si estuviera en el paraíso de donde yo vine cuando aún no había cumplido mis nueve meses; si así fuera todo el mundo, el mundo de tía, me sentiría feliz; pues sí, como les decía, entonces estaban esos gallos frente a frente, un pinto colorao como el cielo cuando atardece, con un crepúsculo amarillento y anaranjado, y el otro gallo blanco como la nieve, lanzándose espuelazos, como los boxeadores, sólo que con las patas, no con los puños, bueno cuál es la diferencia, y alrededor de ellos estaban las gallinas, como si fueran fanáticas esperando que ganara uno para ovasionarlo, echársele encima, y esos gallos que se desgarran la creta, uno a otro, ya el pinto colorao se va arriba, ya el blanco disfrazado de valiente le lanza una patada, saltando por los aires, y así sucesivamente, hasta que el blanco se quedó con la corona, aunque por poco tiempo, porque después el colorao volvió a la carga, debido a que el blanco le permitió restablecerse, sacando fortaleza de donde nunca debió de sacarla; bueno quizás sea lógico, pues son animales irracionales, pero esos dos hombres ahí en la tevé, no lo entiendo, y también los que les llaman luchadores, dando saltos por los aires, tirando patadas a lo loco, estrallando a su contrincante al suelo que de paso estallan sin compasión, del dolor inmenso, según la cara que ponen, aunque el abuelo dice que eso es un truco para “embaucar a los ignorantes”, y lo dice con énfasis, con rabia, “ellos se creen que yo soy pendejo, que me van a engañar”, repite el abuelo insistente; “ya la cosa no es como antes, se han perdido los valores humanos”, le responde la abuela, mi dulce abuela, “es que los tiempos cambian madre” dice mi mami, mientras me entra la cuchara en la boca, con el décimo bocado, “son otros tiempos y el que no se adapta pierde”; pierde qué, yo me pregunto, por qué tienen que engañar a uno haciendo creer que dan unas patadas y puñetazos en plena cara, que son falsos, “los políticos son iguales”, responde el abuelo, “sólo hacen promesas y promesas”, y vuelve de nuevo con las promesas, el abuelo está obsesionado con que cumplan unas promesas que más que promesas es demagogia, hipocresía, no se qué tiene contra esos pobres, infelices políticos que se la pasan trabajando todo el día, sí, todo el día y la noche, porque a veces los veo en la tevé en la mañana, en la tarde, en la noche, habla que te habla, supongo que es orientando a la gente, ¿no?; y eso quiere decir que están trabajando todo el día; oh! se cae en mi pecho, tan dulce como la abuela, un poco de papa y mami lo recoge con ternura, pero no me gusta que me lo lleve a la boca, pues no siento el mismo sabor, es como si ese chin de papa ya está usado, cuando rueda por mi delantar recoge mugres formándose una pelotita mágica y cuando me la da no siento el mismo sabor, entonces intento restregarme con mis manitas blancas pero mami me las agarra, las aprieta, me las baja hacia el pecho, “Quieto Bebé, quieto, cómase su puré, tranquilo, y deje de estar mirando tanto para la tevé”. Y obedezco; llega tía Mary, prima y hermana de crianza de papi, que también tiene un bebé como yo y me enfrentan a él, “saluda, saluda a tu primito”, dice mami, y chocan mi mano, tierna y dulce, con la de él, una mano un poco tosca, aburrida, no tan suave y elegante como la mía, es un bebé ahí, ahí, es decir, ni lindo ni feo, aún no he oído a tía decirle “Cómo está la cosa más bonita del mundo”; sólo me lo dice a mí, y si me lo dice a mí es porque, como diría el humorista y parodiante Milton Peláez, él “es más feo que yo”, ja, ja, ja, ja, je, je, je. Bueno pues, como seguía diciendo (……“la tarde está llorando y es por ti, porque ve la soledad en mi camino”)……

-Verano del 2001-.



-----Fin-----

del libro

Al final de la escapada

Erase una vez.............................Cuentos………………Federico Sánchez.....

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